«—Ale, por amor a Dios, apresúrate. —¡Ya casi estoy! —exclamé y terminé de atar los cordones de las zapatillas. No me gustaba cuando ella se ponía en modo mandona y, la verdad, debo decir que a veces me exasperaba. Bajé las escaleras casi corriendo y la hallé frente a la puerta principal, a punto de salir. —Se nos hará tarde y será tu culpa, hermanita —Ahogué un suspiro y sonreí inocente cuando su mirada me analizó de pies a cabeza—. ¿En serio, Ale? No puedes ir vestida con ropas deportiva. —Fue lo primero que encontré porque no dejabas de apurarme —repliqué, colocándome la mochila al hombro. —Bueno, ya que —Arqueé una ceja y la miré, ella estaba vestida muy elegante—. Debemos irnos. —Algún día seré como tú —susurré, solo para mí. —¿Has dicho algo? —preguntó mientras salíamos de

