Algunos años después. —Tío Eli, tía Ale —La vocecita alegre tuvo un efecto empalagoso en mí—. Por fin aparecen, ¿dónde han estado toda esta semana? Arqueé una ceja en torno a Nathael y miré, por el rabillo del ojo, a Eliot. Ciertamente los niños siempre han sido curiosos (lo fui cuando era una cría), pero no estaba segura de cómo responder. Opté por disfrazar la verdad acorde a la edad de mi sobrino y… —Hola, Nath —enunció Eliot, salvándome de decir, posiblemente, una tontería. Antes de hacer nada, Eliot alzó en brazos a Nath y ambos se adentraron a la casa. Todo estaba relativamente sosegado y no sabía de qué manera sentirme al darme cuenta de que tanto mi prometido como mi sobrino, se olvidaron de mí. Exhalé un suspiro por lo bajo, cerré la puerta y los seguí. —Tú, mocosa, hasta

