—¡Alessia, apresúrate si no quieres llegar tarde a tu propia boda! Hice caso omiso al grito, poco sutil, de mi hermana y continué observando la imagen que se reflejaba en el espejo de cuerpo completo. Esa imagen tenía un rostro perfectamente maquillado, un peinado elegante y un vestido semejante al de una princesa salida de algún cuento de hadas. Pese a la belleza exterior, en la mirada del reflejo se podía apreciar un atisbo de tristeza. Segundos después, una sola lágrima se deslizó por la mejilla derecha. Ese reflejo era el mío. El gran día había llegado. Me casaría en menos de una hora y se suponía que tendría que ser el día más feliz de mi vida, pero una parte de mi se tiñó de nostalgia y tristeza. El motivo: extrañaba a mis padres. Me hubiese gustado tanto que ellos estuviesen con

