RASHID No me gusta verla llorar. Cómo la vi hace rato, sumida en interminables lágrimas, en la angustia que no la dejaba siquiera hablar, juro que no quiero volver a verla. Todavía no se me va el nudo que se me hizo en el pecho, y ese amargor que me quemó la garganta. El querer con todas mis fuerzas ser su consuelo y no haber podido lograr que dejara de llorar sino todo lo contrario, me hizo sentir aún más inútil. —Rashid, ¿necesitas algo? Meredith me habla y yo la miro. Es una mujer que me intriga. Me observa como si me tuviera miedo y a la vez como si quisiera abrazarme. —No —le paso por al lado—, pero gracias. Ella, que estaba rígida y muy tensa suelta el aire y se relaja. Eso me hace gracia. Ya pasó poco más de una semana que merodeo por aquí, pero para esta señora,

