Llevo largo rato. No sé cuántas horas pero sí sé que de a poco está empezando a amanecer. El cantar de los pajaritos y la claridad después de una noche oscura y agobiante, comienzan a asomarse por la ventana. Él duerme. Después de haber llorado por el fallecimiento de sus padres, de haber revivido el dolor de perderlos tan trágicamente, mi arabillo duerme. Enseñándome su lado roto, triste y desconsolado me repitió una y otra vez la historia que su memoria se encargó de refrescarle en sueños y que yo, desconocía en detalles. La forma en que su madre murió, siendo consumida por el cáncer. Y la fatal decisión que tomó su padre, días después, al quitarse la vida con un arma de fuego. «Odio las armas. Haber recordado a mi padre y cuán cobarde fue, me hace odiar y temer a las armas»

