El corazón me latía a mil por semejante susto, eso se debía por pensar en voz alta, maldita sea. De seguro que hasta mi rostro había perdido el color. Adrián se echó a reír mientras que yo lo fulminaba con la mirada, queriendo matarlo. Él alargó su mano para tocar mi mejilla, pero en el acto, la alejó rápido, cómo si le quemara. —Estás hirviendo. Maldita sea—espetó, y tomó mis hombros llevándome al sofá más cercano para que me sentara—. ¿Te duele algo? ¿Por qué estaba tan preocupado? Sólo había amanecido con fiebre, no era nada del otro mundo. Pero tenía que confesar que mi amigo era muy dramático, así me cortara un poquito el dedo, hacia drama por ello. Puse los ojos en blanco. —No, sabes que es normal en mí, sólo tengo calor—dije, recostando mi espalda del sofá. Él asintió no muy s

