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1248 Words
Una vez que la puerta del dormitorio se cierra para mí, lo primero que hago es buscar la perilla en el ventanal. El cuarto, tan renacentista con sus cuadros y decoraciones, resulta ser una obra de arte. Es amplio, incluso tengo un baño propio. Sin embargo, la única ventana que hay aquí está totalmente sellada. El cuadro de Mammón que cuelga encima de la chimenea parece analizarme, espiarme. Será por eso que tomo la silla del escritorio y me subo en ella para descolgarlo. Es tan pesado que se me resbala de las manos y cae al suelo estrepitosamente. Se rompe una de las puntas del marco. Pero aprovecho la oportunidad para sacarlo y hacer trizas el pedazo de tela pintada. Hago lo mismo con todo lo que encuentro. Y mientras que Uriel brinca en la cama con acolchado bordó, yo le doy patadas a los cajones de madera para romperlos. Me importa un carajo que sea parte de los Sietes Demonios, la verdad estoy harta de que me secuestren, de que hagan conmigo lo que se les antoje. Aunque claro, son demonios y yo una humana insignificante, una marioneta. Desarmo la cama, Uriel me observa despedazar los almohadones de plumas. Y una vez que ya no hay nada más para hacer, me interno en el baño y me doy una ducha. Al menos, ya no estoy maloliente. — ¿Cómo haces para salir de aquí? —Tienes que tener suerte—dice Uriel, sentado de espaldas a mí en la puerta del baño. De aquí distingo la tela cortada en la espalda, la piel ensangrentada en esos dos agujeros—Mammón no es conocido como el más temido, pero sí uno de los más poderosos influyentes. Ese es su poder, después de todo. Te promete cosas a cambio de tu alma. Muy codicioso. —¿Qué querías tú?—pregunto y él se voltea para verme. —El libre albedrío— dice avergonzado—La capacidad de poder decidir por mí mismo. Ya sabes...todo el asunto de andar desnudo por la vida sin importar nada más. Me lo dió, solo que...cuando pasó lo de Javier, la vida acabó para mí. Y aquí estoy, encerrado entre sus puertas. Al menos no puede verme. —Y escapa. —No puedo. —¿Por qué? —Tiene que morir para que el acuerdo se desintegre por completo. Son sus reglas—los dos nos mantenemos callados, hasta que continúa:—Si salgo de aquí, puedo fácilmente recuperar mis alas. Ser visible de nuevo. Volver al Cielo y custodiar las Puertas. Casi me da un infarto al escuchar aquello. Las puertas del Cielo, las llaves...eso es exactamente lo que Scott quiere, lo que todo el mundo parece estar buscando. —¿Qué sabes sobre las Llaves del Cielo?—me atrevo a decir. Y él me mira de reojo. —Es clasificado. Una vez que me levanto de la bañera y tomo la toalla para envolverme en ella, voy hacia él. Uriel es un poco más bajo que yo, algo que me sube el autoestima. Con Scott tengo que subir la cabeza para mirarlo. Entonces llaman a la puerta. Tres golpes fuertes, potentes para que alguien pueda escucharlos. —Vinieron por tí—dice él. —Haremos un trato—tomo la iniciativa por él. —Un humano no tiene nada que ofrecerme. No te ofendas, pero…. —Yo mato a Mammón por tí, te libero. Pero solo si tú aceptas colaborar conmigo luego. Las cosas están mal allí afuera. —¿Qué tan mal? De nuevo. Tres golpes. —Estamos en guerra. ?? Las sirvientas resultan ser humanas, como yo. Trillizas, para ser exactos. Con vestidos relucientes, joyas por doquier. Me peinan, maquillan, incluso me depilan las piernas y las axilas. Uriel, de vez en cuando comentando algún que otro chisme, camina por la habitación con calma, dando reglas al trato al que hemos llegado. Cuando es la hora de vestirse, las puertas de la habitación se abren y entran tres grandes percheros de ropa, como si fuera magia. Y me dejan parada en mitad del cuarto, frente al espejo de cuerpo completo y en ropa interior, con los brazos estirados. Y así van probándome corsets, polleras, vestidos de alta costura. Hasta que me quedo con un vestido n***o, acampanado y simple, aunque con volados y decores en rojo. Me toman de las muñecas para ponerme pulseras, collares, me pintan los labios de rojo, los ojos delineados a más no poder. Por último, me ayudan a ponerme unos tacones negros. Cuando todo termina, los percheros salen disparados de la habitación, ellas me desean suerte y me quedo sola en medio del pasillo de los cuartos. En silencio y sola, con la única compañía de Uriel, observo cada ramificación de habitaciones que tengo delante. Este lugar parece de ensueño, como si fuese el castillo de Hogwart. Estoy por tomar el pasillo de la derecha, pero Uriel me toma de la mano. —Por aquí. Y seguimos derecho, cambiando pasillo por pasillo. ¿Por qué siento que estoy mareada? Claro está, es un laberinto en medio del corazón de un castillo demoníaco. Sí, porque esto me pasa todos los días, señores. Llegamos a unas puertas amplias, cerradas. Hay dos seres como Hank allí, armados. Me observan llegar. Sin embargo, en cuanto estoy por preguntar para dónde tengo que ir, se abren las puertas y me obligan a pasar. En una amplia sala con una mesa en el centro. Hay comida, bandejas repletas de postres, chocolates, frutas, cafeteras llenas de café, de licor, de jugos.. Estoy por tomar una cereza cuando Uriel me la quita. — Come eso y te volverás loca. —Pero… —Solo sígueme. Sé en dónde está el comedor. Y lo sigo. Dejamos atrás la sala de comida y avanzamos por otro pasillo a oscuras. Allí, justo cuando una ventana se abre a nuestro lado, otro mini ser me tiende la mano y me obliga a pasar al otro lado. Uriel nos sigue, callado. Caminamos y caminamos hasta cuando nos detenemos en dos compuertas de color dorado, con un círculo grabado en ellas, con triángulos y el símbolo del infinito. El ser las empuja hacia fuera y se aclara la garganta. —Déjenme presentarles a la señorita Blas. Uriel me empuja para que pase. No puedo caminar bien con estos tacones, ni mucho menos con el vestido acampanado. Aunque lo logro. Y lo que veo me fascina, me deslumbra por completo. Es un amplio salón dorado, con el suelo de vidrio, paredes decoradas con cortinas bordó, una araña de diamantes cuelga encendida del techo y alumbra hasta los rincones más pequeños. Hay olor a comida en el ambiente, mezclado con el perfume a menta y jengibre. En el centro del comedor, una mesa de cristal de cinco metros de largo, y sillas dignas de la nobleza. Mammón se levanta de su asiento, en el cabezal derecho de la mesa. Se acomoda la corbata roja, lleva un traje amarillo reluciente, que hace juego con sus collares y perlas. Aplaude tres veces y, entonces, los demás se levantan también. Allíestá Audrey, con lágrimas en los ojos, vestida de color rosado. Luego está Payton, que se aparta las lágrimas del rostro, con un reluciente vestido violeta. También hay un chico en traje plateado, que no hace más que temblar y sostener el cuchillo en su mano derecha. Y allí, sin poder creerlo, teniendo que darse la vuelta para verme, se encuentra Luhan.
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