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Mammón levanta las manos, tal vez para demostrar su inocencia ante el hijo del Diablo. Y sin embargo, Scott apunta el filo de la espada contra su garganta como si no pudiera esperar más para hacerlo. —Hagamos esto—susurra luego—Los dejo ir, si me dices de dónde sacaste la espada. —¿Por qué tendría que confiar en tí? —Ya me conoces—y se inclina hacia adelante con una sonrisa, provocando que la hoja del arma le corte la piel solo un poco. De la herida sale sangre negra, oscura, que se desliza por su cuello—Me gustan las cosas brilantes. Scott lo aleja de la espada y lo empuja de nuevo hacia el respaldo de la silla. Solo un movimiento de cabeza le basta para que, de la silla en la que se sienta Mammón, salgan metales oxidados y se envuelvan en su cuerpo para no dejarlo salir. Y cuando

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