Ya no me importa

1570 Words
Cuando Isabela despertó encontró la cama vacía, hasta ese momento su esposo no había vuelto a casa. Miro el reloj y marcaban las 11:11 de la noche. Tomo su celular  y colocó la alarma a las 5:00 a.m; pues debía ir a la revista a trabajar. La alarma sonó a la hora señalada, al despertar la cama seguía vacía, agradeció que su esposo no condujera en ese estado y se metió rápidamente al baño. Hizo todo como acostumbraba, se vistió, preparó el desayuno y salió en su moto aquella mañana. A pesar que ayer no lloro, no grito y no dijo nada, algo en su interior había cambiado y al parecer se había prometido que en menos de lo que ella creía su actual esposo le pediría el divorcio. Ella estaba cansada de esa mentira, de un matrimonio que era inexistente, estaba totalmente cansada de ese falso matrimonio. Las cosas en el trabajo marchó con toda calma, su amiga Gabriela, le invito almorzar. En otras ocasiones Isabela decía que debía ir a preparar el almuerzo a su esposo. Pero esta vez solo aceptó y disfrutó de todo aquel almuerzo entre risas y recuerdos. Después de la hora del almuerzo, Isabela podía irse a su casa y trabajar desde allá, todos en la oficina se sorprendieron al verla ahí trabajando. Algunos pasaban por su oficina y le decía que si se le había olvidado algo; ella solo respondía que quería trabajar desde ahí y nadie se lo iba a impedir. La verdad era que ella no quería regresar a su casa, quería evitar a su esposo si era que ya estaba en casa. Esta vez solo quiso pensar en ella y en su bienestar. A las cinco de la tarde, la revista ya cerraba e Isabela no tenía otra opción que volver a su casa. Recordó que le hacían falta cosas en la nevera y decidió llegar al supermercado por ellos. A las ocho de la noche llego a su apartamento, esta vez encontró un apartamento iluminada y el carro de su esposo afuera, es decir, que había llegado. Ella respiro, tomo las bolsas del mercado, cuando fue a meter la llave para abrir la puerta, esta se abrió y se encontró de frente con su esposo. -Hola – dijo ella, sonriendo nerviosa. -Hola- dijo la voz de su esposo, tomando las bolsas que Isabela llevaba en sus manos. Ambos entraron al apartamento en completo silencio. Otras veces Isabela le preguntaba a su esposo si ya  había comido, cómo le había ido o cómo se sentía. Pero en esta ocasión, Isabela solo se interesó en acomodar las cosas en la nevera, todo lo hizo en completo silencio; como si nada hubiera pasado. Eduardo, se encontraba en silencio sentado en el mueble frente al televisor, pensativo sin saber cómo empezar hablar. Él creía que al llegar Isabela, todo sería un campo de batalla. Pero no, Isabela se veía tranquila y entretenida acomodando las cosas. Le pareció raro que no le preguntara ni dijera nada, él solo quería abrazarla y decirle que lo perdonara, que deseaba hacerla feliz pero tenía miedo al rechazo, rechazo que en ocasiones vivió en su noviazgo. Pero él se había dado cuenta en esos cinco meses de matrimonio que Isabela era diferente, amorosa, era linda, siempre estaba pendiente a él, siempre cocinaba para él y en ocasiones vio que ella cocina con tanto amor y entusiasmo para él. Sin embargo él era incapaz de decirle cosas hermosas, a pesar del gran esfuerzo que ella hacia día a día. Se dirigió a la cocina, intentaría hablar con su esposa. -      Isabela – le dijo mirando la nevera. -      Si, dime – dijo ella sin dejar de hacer lo que hacía. -      ¿ya cenaste? – pregunto él, mirando lo que ella hacía. -      No – respondió ella, mientras se lavaba las manos. -      ¿quieres pizza? Volvió a preguntar él. -      Si – respondió ella cerrando la nevera. Él quiso decirle miles de cosas, sin embargo se limitó a preguntar por la comida. Él se dio cuenta que algo en ella había cambiado, solo respondió en monosílabos. El timbre de la puerta sonó, el repartidor se encontró con un hombre, alto y moreno. -      Ohh, creí que era Isabela la que abriría- dijo extendiendo al caja – siempre es ella la que me recibe. -      Soy su esposo – dijo Eduardo, extendiendo un billete de 10000 pesos. –gracias- añadió cerrando la puerta. Eduardo sentía  rabia, porque era cierto que Isabela siempre hacia esas cosas, ella aunque estuviera ocupada, dejaba de hacer lo que estuviera haciendo e iba abrir la puerta. Nunca con un mal gesto, nunca se veía cansada o fastidiada, lo hacia todo con tanto amor, que él no se había percatado sino esa tarde cuando regresó de donde su mamá y se encontró con un apartamento solo, en penumbras y sin su esposa. Pensó en llegar a las dos de la tarde, ya que su esposa siempre lo esperaba para almorzar. Todos los días le enviaba un mensaje o lo llamaba a decirle que el almuerzo estaba listo, que almorzaran, pero ese mensaje o la llamada nunca llego ese día. Y al llegar a su apartamento se dio cuenta que su esposa y el olor a hogar que ya se le era familiar no estaba. Esperó a su esposa todo el día pero ella no llego sino hasta las ocho y llegó cargando bolsas del supermercado. También recordó las miles de veces que ella le pidió acompañara al supermercado. Él siempre le decía que si pero nunca llegaba, en ese preciso momento se dio cuenta todo lo mal que había actuado. Recordó mes a mes la sonrisa de Isabela, cuando ella le decía, te quede esperando, pero sabía que no llegaría. Y mes a mes pasaba lo mismo. Ella nunca dejo de insistirle que él la acompañará al supermercado. Él de camino a su trabajo, se preguntaba por qué Isabela le pedía lo mismo si ella sabría que no iría. La realidad era, que nada de lo que Isabela le pedía o decía a él se le olvidaba, solo nunca quiso acompañarla, verla reír, tenerla cerca, sentir sus caricias, ver sus ocurrencias lo hacían amarla cada día más. Él no quería vivir lo que vivió con ella en un pasado, en ocasiones pensó que no debía casarse con ella, pero se negaba a perderla y verla con otro casada. Solo no quería entregarse como se entregó en el pasado. Él sirvió la pizza, acompañada de vino tinto, estaba preparado para hablar y abrirse con su esposa. Camino hasta la habitación, se encontró con una Isabela de pie a la ventana, mirando hacia afuera, buscando quien sabe qué cosa, se veía cansada, pero tranquila. -      Isa – dijo abriendo un poco la puerta. Ella se voltio y lo miro por primera vez, lo veía cansado y algo triste. -      Ya está la pizza, comemos? Añadió un poco nervioso. Ella solo asintió y lo siguió hasta el comedor. Comieron como todas las noches en silencio y sin mirarse, pero esta vez quien hacia las preguntas era Eduardo, Isabela solo se limitó a sonreír. -      He acabo – dijo Isabela levantándose de la mesa. -      Espera- dijo él mirándola a los ojos, suplicante. Él había notado que hoy ella no sonreía, además no estuvo hablando como siempre lo hace y el vino que tanto le gusta, lo dejó intacto. -      Isabela, sé que te dije que iría y era mi intención pero luego no sé qué pasó y decidí no ir – dijo él- mirando hacia la mesa. Isabela no quiero que me hagas daño como siempre pasó en nuestro noviazgo, no sé qué día me vas a dejar, no sé cuando quieras terminar conmigo o irte, o dejarme plantado en algún lugar que me cites. La verdad no se Isabela. Ayer no quise colgarte así pero me sentía tan avergonzado por dejarte allá plantada. Se me hizo más fácil colocarme a beber y quedarme donde mi mamá – se quedó en silencio un momento y vio al otro extremo a una Isabel inconsolable, de sus ojos no paraba de salir lagrimas- continuo él – creí que al llegar a casa te iba a encontrar enojada, que me reclamarías, me dirías cualquier cosa, pero hiciste todo lo contrario, te quedaste en silencio, como si nada hubiera pasado, como si te hubiera dejado esperando en el supermercado como todos los meses. Y sabes hubiera preferido que me dijeras cosas, que me reclamaras pero no que te quedaras en silencio – Isabela ya se había calmado y ya no lloraba- dime algo Isa, dijo él, - no te quedes callada por favor. Ella lo miro, se levantó y entro a la habitación, dejando a un Eduardo descolocado, quería saber lo que ella pensaba. Isabela volvió a salir de la habitación y dijo -      Eduardo, no puedes vivir en el pasado – añadió secándose las lágrimas- he hecho de todo para demostrarte que no soy la misma niña insegura de años atrás, me he desvivido por ser todo para ti, pero nunca le atino. Ella quedo en silencio un momento – si tu intención era hacerme pagar por todo lo del pasado, perfecto lo estas logrando. Pero piensa ahora si es así como quieres seguir viviendo – y coloco una prueba de embarazo positivo en la mesa y entró a la habitación.
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