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Las segundas oportunidades no existen

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Blurb

Isabela es una mujer muy independiente, decide casarse con su novio de

toda la vida, pero las cosas no resultan en un bonito matrimonio como ella

lo esperaba. Ella intenta hacer todo lo posible por salvar su relación. Un

día embarazada y cansada de tanto desprecio por parte de su esposo

decide pedirle el divorcio. Su esposo muere trágicamente, dejando a una Isabela sola. Esta queda muy destrozada, hundiéndose poco a poco en

una depresión avasallante. Finalmente, conoce a un chico que asiste

como oyente a un club de auto-ayuda. ¿se enamorará otra vez Isabela o

quedará recordando o su esposo muerto?

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Nunca me llaman señora
Ahí estaba sentada Isabela, con su perfecto vestido rojo, un maquillaje de modelo y su hermosa e impecable sonrisa. Esperaba en aquel restaurante a su esposo; aquel que había sido su novio de toda la vida. Ella pensaba en todo lo que antes había ocurrido hasta ese preciso momento donde se encontraba en aquel elegante restaurante en la zona rosa de  Barranquilla, nada podía opacar ese momento tan perfecto; ni siquiera el sol abrasante de las tres de la tarde del caribe colombiano. Revisó el reloj para fijarse si la hora era la que le había dicho a su esposo. Su reloj marcaban las 3:03 de la tarde; ella pensó que había llegado puntual, sin embargo su esposo era un poco impuntual y sabía que debía esperarlo. Levantó la mano para que un mesero se le acercara. -Buenas tardes – le dijo el mesero muy sonriente y algo nervioso. - Buenas tardes, podría traerme una botella de vino tinto y dos copas, por favor – añadió Isabela, mirando la entrada del restaurante. - claro – contesto el mesero. Isabela pensaba en todas las veces que había terminado con su novio (ahora esposo) y por las cosas tontas por las cuales le había terminado. Recordó con una sonrisa la vez que el novio llegó tres minutos tarde a visitarla, paradójico que ahora estaba esperando a ese mismo chico pero con el título de esposo y esta vez no tenía tres minutos de retraso sino media hora. Tomaba animada trago a trago aquella copa de vino tinto; tenía el presentimiento que su esposo no llegaría. Pensaba en lo simple que era su matrimonio, lo poco que hablaban como esposos. Ella sabía que esos cinco meses que llevaba casada con Eduardo, eran peores que el noviazgo. Se comunicaban las cosas de la casa: si algo estaba dañado, si se había acabado algo, si necesitaban algo en la despensa. Pero nunca una conversación de esposos, claro que hacían el amor y justo en ese momento ella sentía conexión, verdadera conexión con su esposo, pero quería que las cosas cambiaran, quería mejorar su matrimonio. Nunca en aquel apartamento se escuchó un grito o una pelea, vivían tranquilos pero ella sentía que algo debía mejorar. Miraba la copa de vino, pensando en el día que le pidió a su esposo ir a comer ese domingo 25 de abril; fecha de su aniversario mensual de casados. -      Eduardo – dijo ella una noche que terminaban de cenar – el levanto la mirada y pauso su comida. -      Dime Isabel, ¿pasa algo? Dijo mirándola con curiosidad. Eran esposos que comían todas las noches juntas, pero nunca hablaban. -      El domingo es 25 de abril ¿podemos ir almorzar a un restaurante, para celebrar un poco y hablar sobre nosotros? -      Por supuesto – dijo él volviendo a retomar su comida. -      Gracias – añadió ella sonriendo- en esas gracias término la conversación. Se habían casado porque él pensó que otra mujer como ella no encontraría; a pesar de su mal noviazgo. Y ella acepto aquel matrimonio para demostrarle a él que había cambiado y quería remediar aquel mal noviazgo con un buen matrimonio. Sin embargo ella era consciente que él tenía miedo de lo que pudiera pasar. Así que ella era una esposa ejemplar, cocinaba para él, le arreglaba la ropa, se preocupaba por su bienestar e incluso pidió en su trabajo trabajar medio tiempo en la oficina y medio tiempo en su casa para mantener su hogar. -¿Quiere otra botella de vino; señorita? – dijo el mesero sacándola de sus pensamientos. - señora – respondió ella mostrándole su mano izquierda y señalando el anillo matrimonial. Ella rápidamente miro el reloj, el cual marcaban las 4:30 de la tarde. No – respondió ella mirándolo un poco triste – tráigame la cuenta, por favor. Cuando entro en aquel taxi, seguía pensando y recordando si le había dicho la dirección, hora y fecha a su esposo y recordó la conversación de la mañana en la puerta de su apartamento. -      Eduardo, recuerda en este papel esta anotada la dirección del restaurante,  lo besó – no llegues tarde- añadió. -      No, ahí estaré – le dijo devolviéndole el beso y dándole un abrazo. -señorita, hemos llegado – le dijo el taxista. Ella sonrió recordando que todo el mundo la llamaba señorita y no señora. Se bajó del taxi mirando hacia su apartamento, el cual se encontraba intacto como lo dejo, notó que el carro de su esposo no estaba estacionado, así que concluyo que no había llegado. Al entrar a su apartamento, se dirigió a la habitación buscando quitarse aquel traje y aquellos tacones. Se sentó en la cama y pensó en llamar a su esposo. Eran las seis de la tarde y aun no sabía nada de él. Así que decidió en marcarle. Del otro lado se escuchó una voz que tambaleaba -      Isabela, que sucede – pregunto la voz del teléfono. ella enmudeció a punto de llorar, se tomó su tiempo y respiró. -      ¿Dónde estás? Pregunto ella, tragándose el nudo en la garganta. -      Donde mi mamá – respondió su esposo- ¿por qué?- añadió él. -      Te quede esperando en el restaurante, ¿Qué paso, porque no llegaste?-añadió ella esperando una contestación. -      Se me hizo tarde – dijo él sin interés. -      Pudiste avisarme y no dejarme allá esperando –era la primera vez en todo su matrimonio que ella le reclamaba algo. ¿estas bebiendo? Le pregunto ella. -      Ahora no tengo tiempo para esta conversación – dijo él y colgó, dejándola a ella con rabia, con tristeza y miles de sentimiento más. -      Fue un error casarme contigo- dijo ella al aire y al mismo Eduardo. 

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