Cap.3: El sacrificio de Esmeralda.

1563 Words
El agua caliente resbalaba por la piel de Esmeralda mientras permanecía inmóvil bajo la ducha. Su cuerpo aún llevaba las marcas de la noche anterior: la intensidad con la que Rafael la había tomado, el peso de sus manos, la furia contenida en cada beso. Se apoyó contra la pared con los ojos cerrados, intentando no pensar en ello. Pero lo hacía. No porque hubiera sido la primera vez que se entregaban el uno al otro, sino porque, a pesar de todo, seguía sintiendo esa maldita atracción por él. Se odió por eso. Odiaba que, después de cada vez, la frialdad volviera como si nada hubiera pasado. Como si él nunca la hubiera tocado. Como si ella no significara absolutamente nada. Y lo peor era que, esta vez, lo sintió más. Apagó la regadera y salió del baño con una determinación fría en la mirada. No tenía tiempo para pensar en estupideces sentimentales. Tenía problemas más importantes que resolver. Horas después, Esmeralda analizaba la información en su computadora. No había rastros del número que la había llamado. No había pistas. Pero eso no significaba que no pudiera encontrar respuestas. Sacó su teléfono y marcó un número. —Necesito que encuentres el origen de una llamada que recibí anoche. El hombre al otro lado de la línea suspiró. —¿Número privado? —Sí. Pero si alguien puede rastrearlo, eres tú. —No será fácil, pero haré lo posible. ¿De qué se trata? Esmeralda miró hacia la ventana. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer atrapada en una telaraña de secretos. —De algo que puede destruirlo todo. Colgó la llamada y volvió a enfocarse en los registros telefónicos. Si el atacante había llamado con un número privado, debía haber usado un sistema para ocultarlo. Pero todo tenía un rastro. Todo dejaba huellas. No se rendiría hasta encontrarlo. **** En su oficina, Rafael repasaba los informes de su equipo de seguridad, pero era incapaz de concentrarse por completo. Su mente no dejaba de volver a la noche anterior. Las imágenes se repetían una y otra vez. La suavidad de la piel de Esmeralda, el calor de su cuerpo contra el suyo, sus jadeos ahogados en su cuello mientras se entregaba a él. Nunca había sentido esa clase de conexión con ninguna mujer. No debía haber ocurrido así. Se suponía que era solo un acto más en la farsa que compartían. Pero había sido real. Demasiado real. Sacudió la cabeza con frustración, intentando borrar esos recuerdos. Necesitaba concentrarse. El problema que enfrentaba ahora era demasiado serio como para distraerse. Rafael repasaba los informes nuevamente. Nada. No había rastros del correo. No había manera de rastrear la llamada. —Esto no es un oponente político, señor —dijo su jefe de seguridad—. No hay demandas, no hay amenazas económicas. Es alguien que solo quiere verlo caer. Rafael dejó los papeles sobre el escritorio con evidente irritación. —Encuentren a esa persona. No importa cómo. El hombre asintió y salió de la oficina. Rafael exhaló con frustración. Esto no podía salir a la luz. No ahora. No cuando estaba a un paso de conseguir lo que siempre había querido. Cerró los ojos y repasó la lista de posibles enemigos. Políticos rivales. Empresarios con los que su familia había cruzado en el pasado. Incluso periodistas con demasiado interés en su vida. Pero hubo algo más. Un pensamiento que le golpeó con fuerza, porque era imposible ignorar la precisión del mensaje recibido. Esto no era obra de un enemigo común. Era alguien con acceso a información íntima, precisa. Entonces pensó en Esmeralda, en que su padre pudo haber investigado o ella misma, su esposa tenía motivos para querer derribarlo. «¿Habrá sido ella?» La sola idea lo hizo apretar los puños sobre el escritorio. Quería negarlo, pero las piezas encajaban demasiado bien. Solo esperaba estar equivocado. **** Esmeralda también tenía su propia lista de sospechosos. Gente que quería ver caer a su padre. Gente que quería ver caer a Rafael. Narcotraficantes con los que su familia había hecho negocios. Empresarios que habían sido pisoteados por el poder de los Landeros. Algún infiltrado del gobierno que esperaba el momento exacto para destapar la verdad. Pero entonces, una idea la golpeó. ¿Qué tal si no era ninguno de ellos? ¿Qué si era Rafael? ¿Qué si él había descubierto la verdad y ahora la estaba usando en su contra? Apretó los labios. Si eso era cierto… No iba a dejar que la destruyera. **** Más tarde, al llegar al hospital donde su madre llevaba años internada, Esmeralda sintió el corazón oprimirse como siempre que ponía un pie en ese lugar. No importaba cuántas veces viniera, jamás se acostumbraría a verla en esas condiciones. Avanzó en silencio por el pasillo, respirando profundo para prepararse emocionalmente antes de entrar. La encontró sentada junto a la ventana, mirando sin ver, sumergida en sus propios recuerdos. —Hola, mamá —saludó suavemente, sentándose a su lado y tomando con delicadeza su mano fría entre las suyas—. Soy yo, Esme. Su madre no respondió. Ni siquiera giró el rostro hacia ella. Solo continuó mirando al vacío, perdida en su propio mundo. Aquella imagen le rompía el corazón cada vez. —Hoy fue un día difícil, mamá —susurró con un hilo de voz—. Pero no importa, todo estará bien. Haré lo que sea necesario para cuidarte. Aunque no recibió respuesta alguna, Esmeralda continuó hablándole como siempre lo hacía. Sabía que en algún rincón de su mente, su madre la escuchaba. —Papá siempre me recuerda que tú dependes de mí. Que tu bienestar está en mis manos… —su voz se quebró un poco, pero logró contener las lágrimas—. A veces siento que ya no puedo más, pero no voy a defraudarte. Todo lo hago por ti. Miró el rostro inexpresivo de su madre y suspiró profundamente. Sus ojos se humedecieron, pero se negó a llorar. Ya no lloraría más por algo que no podía cambiar. —Acepté casarme con Rafael por ti. Porque nunca permitiría que papá te hiciera daño. Aunque duela, aunque me odié por ser débil, sé que hice lo correcto. Su madre permaneció inmóvil. Esmeralda se levantó lentamente y besó su frente con cariño antes de salir. Mientras caminaba hacia la salida, sintió que una parte de ella seguía atrapada en esa prisión invisible que su padre había construido. Sí, seguía obedeciendo, sumisa y resignada. Pero en el fondo, muy en lo profundo, algo había comenzado a despertar. Algo pequeño, casi imperceptible. Una semilla de rebeldía que aún tardaría mucho en florecer. Pero estaba allí, latiendo suavemente, esperando el momento adecuado para surgir. Pero ese momento aún no había llegado. Por ahora, su única opción era obedecer. **** Esmeralda llegó a la empresa de su padre con un nudo en el estómago. No sabía por qué Casimiro la había citado con tanta urgencia, pero intuía que no sería para algo agradable. Nada con él lo era. Cuando abrió la puerta del despacho, se quedó paralizada al ver que Rafael también estaba allí. Ambos hombres discutían en voz baja, pero guardaron silencio apenas la vieron entrar. Esmeralda no tuvo tiempo de reaccionar. La bofetada llegó de repente, impactándole el rostro con tanta fuerza que su cabeza giró hacia un lado. El ardor se extendió por su mejilla, mientras lágrimas involuntarias se acumulaban en sus ojos. —¿Qué diablos crees que haces? —rugió Casimiro, furioso—. ¿Quieres sabotear la campaña de tu esposo? ¿Quién te autorizó a decir esas cosas en público? Rafael reaccionó de inmediato, sujetando el brazo de Casimiro para detenerlo, con el rostro desencajado por la sorpresa y el enojo. —¡Basta! —le gritó—. ¡No vuelvas a ponerle una mano encima! Casimiro se soltó bruscamente del agarre de Rafael, ajustándose el saco con prepotencia, sin apartar la vista de su hija. —¿Pretendes arruinar lo que hemos logrado? —continuó Casimiro, con una voz fría y amenazante—. ¿Quieres destruirnos? Esmeralda tragó saliva con dificultad, sintiendo cómo el odio hacia su padre se acumulaba en su garganta. Miró de reojo a Rafael, notando la extraña preocupación en sus ojos azules, y aquello solo aumentó su resentimiento. —No necesito que me defiendas, Rafael —dijo con firmeza, limpiando con dignidad las lágrimas de sus ojos—. Nunca lo necesité. Él no respondió, pero la incomodidad en su rostro era evidente. Casimiro, más controlado, pero igual de implacable, continuó con su advertencia: —Más vale que esto no se repita. ¡Recuerda lo que está en juego! Esmeralda apretó los puños, consciente del poder que él tenía sobre ella, especialmente sobre Eloísa, su madre. —No volverá a ocurrir —respondió con voz apagada, antes de girarse y salir de la oficina. No podía enfrentar a su padre. No podía desafiarlo, no ahora. Salió apresurada, conteniendo las lágrimas que ya ardían en sus ojos. Rafael observó en silencio cómo ella se alejaba, con una sensación inexplicable oprimiéndole el pecho. Apenas Esmeralda salió de la oficina, Rafael se volvió furioso hacia Casimiro, su mandíbula tensa y su mirada encendida por la indignación. —¡Nunca más vuelvas a tocarla! —gritó, señalándolo con el dedo—. ¿Quién diablos te crees para golpearla así?
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