La cena era simple. Pasta con vegetales salteados y un poco de vino tinto. Nada sofisticado. Nada planeado. Pero sobre la mesa, entre velas encendidas y el murmullo del mar que se colaba por la ventana, se sentía como un respiro. Rafael se movía con una torpeza entrañable mientras servía dos platos. Esmeralda lo observaba desde su sitio, con los ojos fijos en sus movimientos. No era la comida. Era él. El hombre que se había quitado el traje, que había renunciado al poder… por ella. —Huele bien —dijo Esmeralda , con una sonrisa pequeña. —Sabes que no soy chef —respondió él, dejando el plato frente a ella—. Pero prometí cuidar de ti, y eso incluye alimentarte. Esmeralda bajó la mirada. El gesto parecía simple. Pero tenía un peso emocional que ni el mejor de los discursos podría contene

