El apartamento olía a madera y silencio. La luz cálida de las lámparas creaba sombras suaves sobre los muebles modernos. Esmeralda entró con pasos inseguros, como si estuviera cruzando un límite que no sabía si debía franquear. Leandro cerró la puerta detrás de ella. —Puedes sentarte donde quieras —dijo con voz serena, apenas un susurro en medio de tanta quietud. Ella no respondió. Solo se dejó caer en el sofá, como si su cuerpo ya no tuviera fuerzas para sostener el peso de todo lo que callaba. —¿Quieres un café? —No —murmuró sin mirarlo—. Prefiero algo más fuerte. Él asintió. Se movió hasta el mueble bar, sacó dos vasos de cristal y sirvió whisky sin preguntar más. Cuando volvió, le tendió uno. Esmeralda lo tomó sin titubeos. Dio un trago y tosió. El ardor le quemó la garganta. —¿

