Él tomó su rostro con ambas manos, la besó con furia contenida, y Esmeralda se rompió. Lo besó de vuelta con la misma rabia, el mismo deseo, el mismo orgullo que había intentado tragar desde que escuchó el nombre de Selena. Sus cuerpos se entrelazaron con desesperación. Las manos de Rafael se deslizaron bajo su blusa, acariciándole la piel con una mezcla de adoración y hambre. Esmeralda jadeó contra su boca mientras sus dedos enredaban el cabello de él, atrayéndolo más. —Dios… —murmuró él, bajando por su cuello, lamiendo el contorno de su clavícula—. No sabes lo que me haces… —¿Qué te hago? —susurró ella, retándolo. —Me vuelves loco —respondió él jadeando. —Demuéstramelo. Él gruñó bajo, la levantó sin esfuerzo, y ella rodeó su cintura con las piernas. Su espalda chocó contra la pa

