Esmeralda entró al pent-house con el corazón latiendo aceleradamente. Ni siquiera se detuvo a mirar atrás. Se dirigió directamente a su habitación y cerró la puerta con seguro, dejándose caer en la cama mientras las lágrimas que había contenido durante el camino finalmente se desbordaban.
¿Por qué su vida tenía que ser así?
¿Por qué todo parecía conspirar contra ella?
Hundió el rostro en la almohada intentando controlar el llanto, pero era inútil. Estaba atrapada en un matrimonio falso con un hombre que solo la usaba como fachada, chantajeada por su propio padre y con una madre sumida en la locura.
Estaba completamente sola.
Justo entonces, el teléfono sonó sobre la mesita, sobresaltándola.
Miró la pantalla con un escalofrío recorriéndole la espalda.
Número desconocido.
Sintió un nudo formarse en su garganta, pero respondió, tratando de controlar su voz temblorosa:
—¿Quién es?
Una risa baja y distorsionada se filtró a través del auricular, provocando que su piel se erizara.
—¿Por qué lloras, Esmeralda? ¿Acaso ya te diste cuenta de lo frágil que es la mentira en la que vives?
Se sentó bruscamente sobre la cama, mirando en todas direcciones como si sintiera que alguien la observaba.
—¿Cómo sabes que estoy llorando?
—Lo sé todo sobre ti —contestó la voz con calma, casi con diversión—. Sé dónde estás ahora mismo. Sé lo sola y vulnerable que te sientes en este instante.
Esmeralda se levantó, buscando instintivamente la ventana, aterrorizada.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
La voz hizo una pausa, disfrutando de su miedo antes de responder:
—Quiero que sepas que no eres intocable, Esmeralda. Que en cualquier momento puedo alcanzarte, a ti y a tu esposo. Sé exactamente qué hicieron tú y Rafael para llegar hasta aquí. Y cuando decida revelar toda la verdad… desearás no haber nacido.
La llamada terminó abruptamente, dejándola temblorosa y con la respiración agitada. Sintió cómo un frío helado recorría cada rincón de su cuerpo.
¿Quién era esa persona?
¿Cómo sabía lo que hacía en ese mismo instante?
Esmeralda miró alrededor, con el pulso acelerado.
Se sentía observada.
Acechada.
Más vulnerable que nunca.
****
Rafael se quedó inmóvil frente a la ventana del pent-house, contemplando la ciudad iluminada que se extendía bajo sus pies. Durante años había sido un experto en mantener el control, en ocultar cada emoción bajo esa máscara de fría indiferencia.
Pero hoy, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de él se había agrietado.
Apretó los puños, recordando cómo Esmeralda miraba a ese desconocido, la forma en que había aceptado su consuelo y cómo había tomado el pañuelo de sus manos.
Había fingido durante tanto tiempo que ella no le importaba, que casi terminó creyéndoselo.
Pero ahora, ante la posibilidad real de perderla en brazos de otro hombre, sintió algo que lo consumió por dentro: celos.
—Maldita sea… —murmuró para sí mismo, sacudiendo la cabeza con rabia.
Había estado tan preocupado por mantener su imagen, por mantenerla alejada, que olvidó que Esmeralda era humana, que también necesitaba sentirse protegida, valorada… amada.
¿Y él qué había hecho?
La había entregado a la soledad.
Su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa, rompiendo el hilo de sus pensamientos. Rafael observó la pantalla con cautela.
Número desconocido.
Rafael lo miró con el ceño fruncido. Deslizó el dedo sobre la pantalla y llevó el móvil a su oído.
—¿Quién habla?
Al otro lado de la línea, una voz distorsionada, baja y pausada, pronunció con una frialdad escalofriante:
—Espero que hayas disfrutado el día, Rafael. Quizá sea uno de los últimos que pases con Esmeralda.
Rafael sintió cómo un escalofrío recorría su espalda. La mención de Esmeralda lo puso en alerta.
—Si tocas un solo cabello de mi esposa…
Una risa suave, malévola, resonó al otro lado de la línea.
—Oh, Rafael… No es una amenaza. Es una advertencia.
—No te atrevas…
—¿Qué harás? —preguntó la persona al otro lado de la línea, soltó una carcajada siniestra y colgó abruptamente.
Pero antes de que Rafael pudiera reaccionar, un estruendo sacudió la noche.
¡CRASH!
El sonido de vidrios rompiéndose.
El cuerpo de Rafael se tensó de inmediato.
Venía del cuarto de Esmeralda.
El miedo se clavó en su pecho como una garra helada.
—¡Esmeralda! —rugió, corriendo hacia su habitación sintiendo los latidos de su corazón desbocados.
Abrió la puerta de golpe justo cuando ella salía corriendo, con los ojos abiertos de terror.
No lo pensó.
Solo la atrapó en sus brazos.
Se aferró a él con fuerza, temblando, con la respiración desbocada.
—Rafael… —susurró contra su pecho, aferrando su camisa como si su vida dependiera de ello.
Él la sostuvo con más fuerza.
La recorrió con la mirada, buscando sangre, alguna herida, cualquier señal de que algo la hubiera alcanzado.
—¿Estás bien? —preguntó con voz ronca. —¿Tienes alguna herida? ¡Vamos al hospital! ¡Habla dime que no te lastimaron!
Esmeralda seguía en shock. Pero de repente, se apartó de golpe, con los ojos encendidos de furia.
—¿Cómo pudiste?
Rafael parpadeó, aún con la adrenalina recorriéndolo.
—¿De qué demonios hablas?
—¡Así es como pretendes controlarme?! —gritó ella, con la voz quebrada—. ¿Asustándome, queriendo herirme…? —su voz se cortó, pero luego el veneno en su mirada se hizo más intenso— ¿quieres matarme?!
Rafael sintió su propia rabia hervir en su interior.
—¿Qué estupidez estás diciendo?
Esmeralda avanzó, señalándolo con un dedo tembloroso.
—¿Es tu forma de castigarme por el discurso? ¿Querías demostrarme quién manda? ¿Por eso enviaste esa amenaza justo cuando estaba llorando?
La sangre de Rafael se heló.
¿Qué demonios estaba diciendo?
—¿Qué amenaza?
—¡No mientas! —su voz tembló, pero no por miedo, sino por pura rabia—. Nadie más sabía que yo estaba llorando en la habitación, excepto tú. Y justo ahora alguien me llama para decirme que la próxima vez no será solo una advertencia, que me están vigilando.
Rafael se quedó inmóvil.
Un nudo de hielo se formó en su estómago.
No era él.
No había sido él.
La amenaza era real. Y estaba dirigida a Esmeralda.
Los dos se quedaron en silencio, con la respiración entrecortada. Entonces Rafael miró hacia el ventanal.
El suelo estaba cubierto de vidrios rotos.
Rafael frunció el ceño y avanzó con cautela. El impacto había sido fuerte.
Pero entonces vio algo en el suelo.
Un pájaro.
Un maldito pájaro muerto.
No era un disparo.
Era solo un ave que se había estrellado contra el vidrio con suficiente fuerza como para romperlo.
Rafael se pasó una mano por el rostro, exhalando con fuerza.
—No fui yo —respondió apretando los dientes—, no soy lo que piensas.
—No fuiste tú… —recalcó Esmeralda de repente, su voz temblorosa.
Él levantó la mirada hacia ella.
—No.
Su tono fue seco, pero había una firmeza en sus palabras que no podía fingirse.
Por primera vez, Esmeralda dudó.
Su corazón todavía latía con fuerza, su mente estaba nublada de emociones demasiado intensas.
Pero la sospecha seguía ahí.
Rafael sacó su móvil y marcó de inmediato.
—Quiero al equipo de seguridad en mi pent-house ya —ordenó con frialdad.
Esmeralda lo miró, confundida.
—¿Qué haces?
—También he recibido amenazas —dijo con la mandíbula apretada—. Me están amenazando contigo. Quieren dañarte para llegar a mí.
El rostro de Esmeralda perdió todo color.
—¿Qué?
Él guardó el móvil con determinación.
Por primera vez, Rafael sintió un miedo real.
No por él. Por ella.
Porque si alguien estaba dispuesto a matarla, entonces no era solo una advertencia. Era una sentencia. Y él no iba a dejar que eso pasara.