Las puertas del hospital se abrieron de par en par con el sonido sordo de las ruedas de la camilla golpeando el suelo. —¡Retírense! ¡Apartados! —gritó uno de los jefes de seguridad mientras abría paso entre los gritos de los periodistas, los flashes, las cámaras y las preguntas lanzadas como dardos. —¿Está grave, señor Altamirano? —¿Fue un atentado político? —¿Qué hacía en un barrio marginal sin protección adecuada? Nadie respondía. Nadie se detenía. Dentro, los pasillos olían a desinfectante y urgencia. Rafael fue llevado de inmediato a una sala de evaluación. Le revisaron la herida, le limpiaron la sangre, le colocaron una vía para los análisis. Las manos de los médicos se movían con agilidad, mientras el monitor marcaba un ritmo constante. Esmeralda, con las manos aún manchadas d

