Al día siguiente, Esmeralda bajó las escaleras con el cabello suelto, dispuesta a fingir que la noche anterior no había significado nada. Pero en cuanto entró al comedor, su resolución se tambaleó. Rafael ya estaba ahí. Vestía una camisa blanca impecable y sostenía una taza de café con la mirada perdida en el exterior. Por un momento, ella se quedó mirándolo. Él siempre parecía frío, imperturbable. Pero había algo diferente en su postura hoy. Quizás era su propia imaginación. Se aclaró la garganta y se acercó a la cafetera. —¿Dormiste bien? —preguntó Rafael de repente. Esmeralda levantó una ceja, sorprendida. —¿Desde cuándo te importa? Él sonrió de lado, pero no respondió. Por alguna razón, el ambiente era diferente, él no parecía el hombre que quería tener el poder de un país e

