El evento era impecable.
Cámaras. Luces. Flashes.
El salón del hotel más lujoso de la ciudad brillaba con la presencia de los hombres más poderosos del país. Políticos, empresarios, inversionistas, todos con copas de champán en mano, intercambiando promesas envueltas en sonrisas calculadas.
Y en el centro de todo, el candidato presidencial más joven del momento.
Rafael Altamirano. A su lado, su esposa: Esmeralda Landeros. La pareja perfecta.
O al menos, eso era lo que el mundo creía.
—Su esposa se ve radiante esta noche, señor Altamirano —comentó un empresario con aire complaciente.
—Siempre lo es —respondió Rafael con naturalidad, deslizando su mano a la cintura de Esmeralda con una posesión ensayada.
Ella sostuvo la sonrisa impecable, la que llevaba meses perfeccionando. Sin embargo, cada vez que él la tocaba en público, sentía que su piel se erizaba con un rechazo instintivo.
Pero nadie notaba nada.
Nadie veía lo que ocurría en la intimidad de su matrimonio.
—Un brindis por el próximo presidente —dijo otro hombre, alzando su copa.
Esmeralda alzó la suya también, con elegancia.
—Por el futuro —murmuró con una dulzura que no sentía.
Por un instante, sus ojos se cruzaron con los de Rafael. No había calidez ahí. No había afecto. Solo esa mirada afilada con la que él parecía escanearlo todo, como si siempre estuviera calculando la jugada perfecta.
Pero su momentáneo enfrentamiento silencioso se rompió cuando el presentador del evento subió al escenario.
—Y ahora, unas palabras de la futura primera dama, Esmeralda Landeros de Altamirano.
El impacto fue instantáneo. Ella no estaba preparada para esto. No estaba en el programa. Se giró hacia Rafael, esperando que le dijera que no era necesario, que la excusara.
Pero él solo sonrió. Claro. Lo había permitido.
El equipo de campaña había decidido que era hora de proyectar la imagen de una esposa fuerte, involucrada.
El problema era que Esmeralda no tenía nada que decir.
O sí.
Antes de caminar al podio, sintió la presión de la mano de Rafael en su cintura. Fue apenas un segundo, pero luego, él inclinó el rostro y murmuró cerca de su oído:
—No lo arruines.
Esmeralda estuvo a punto de responderle con veneno en la voz, pero no tuvo oportunidad.
Porque, en el momento exacto en que las cámaras enfocaron sus rostros, él la besó.
No fue un roce superficial, no fue el típico gesto frío que usaban para engañar a la prensa. Fue un beso firme, controlado, pero con una intensidad subyacente que le hizo contener la respiración.
El murmullo del público se convirtió en una oleada de aplausos y suspiros aprobatorios.
Pero Esmeralda no escuchó nada.
Solo sintió el calor de sus labios sobre los suyos, la presión de su mano en su cintura, el aroma de su loción mezclado con el champán que había tomado antes.
Era su esposo desde hacía tres años.
Había compartido con él cientos de eventos, de discursos, de noches fingiendo ser el matrimonio perfecto.
Pero nunca lo había sentido así.
Porque aunque el beso fue breve, hubo algo más.
Rafael tardó un segundo de más en separarse, y cuando lo hizo, su mirada permaneció fija en la de ella.
Hubo un parpadeo fugaz de algo que no debería estar ahí.
Pero fue tan rápido que Esmeralda pensó que lo imaginó.
Porque Rafael Altamirano no la miraba así.
Él le ofreció su mano, como el esposo perfecto que debía ser, y Esmeralda la tomó con la elegancia que había aprendido a perfeccionar.
No dijo nada cuando se encaminó hacia el podio.
Pero sintió el pulso acelerado en su muñeca mientras avanzaba.
Y eso era algo que no debería haber sucedido.
Los flashes brillaron en cuanto se posicionó bajo la luz.
Todos esperaban un discurso breve, algo superficial y cursi.
Pero mientras su mirada recorría la sala llena de hombres poderosos, sus pensamientos la llevaron a otro lugar.
Siempre le habían dicho qué hacer, qué decir, cómo comportarse.
Y por primera vez en años, tuvo la tentación de desafiar esas reglas.
—Buenas noches —su voz sonó clara, aunque en su interior había un huracán—. Estoy muy agradecida de compartir esta velada con ustedes.
Una pausa calculada.
—Como bien saben, mi esposo, Rafael Altamirano, ha trabajado incansablemente por este país… y yo, como su esposa, solo puedo sentirme orgullosa.
Los aplausos retumbaron.
Podría haber terminado ahí.
Pero no lo hizo.
—Sé que muchos piensan que una primera dama es solo un símbolo, una acompañante decorativa…
Hubo algunas risas en el público.
Pero Rafael dejó de sonreír.
—Yo no lo veo así —continuó ella—. La fuerza de un país no está en un solo hombre. Ni en un solo liderazgo. Está en quienes lo construyen desde las sombras, en aquellos que nunca aparecen en las portadas, pero que sostienen el peso de todo.
El murmullo se expandió como una onda en el agua.
Esmeralda no lo miró. No quería ver su reacción. Pero la sintió. Un ligero cambio en el ambiente. Un aire tenso entre ellos.
Cuando terminó su breve discurso y regresó a su lugar, Rafael se inclinó ligeramente hacia ella.
—No te pedí que dieras tu opinión —murmuró con voz fría, sin apartar la mirada del público.
Esmeralda mantuvo la sonrisa perfecta.
—Pensé que la democracia consistía en escuchar todas las voces —susurró de vuelta, con una dulzura venenosa.
Él no respondió.
Pero su agarre en su cintura se hizo más firme.
Como si quisiera recordarle que aún tenía el control.
La velada continuó, pero para Esmeralda se sintió más sofocante.
En cuanto encontró la oportunidad, se alejó de la multitud y salió a la terraza.
Necesitaba aire.
Pero en cuanto sacó su móvil para distraerse, una llamada entrante iluminó la pantalla.
Número privado.
Pensó que sería alguien del equipo de campaña.
Pero en cuanto contestó, su sangre se heló.
—Corre mientras puedas, Esmeralda. Porque cuando caigan los Landeros, tú y tu querido esposo caerán con ellos.
Un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Quién eres?
—Alguien que sabe la verdad. La campaña de tu esposo está bañada en dinero sucio. Y no falta mucho para que él lo descubra.
La respiración de Esmeralda se aceleró.
No. No podía ser posible.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. Tu padre es un criminal, el imperio de los Landeros se levanta sobre mentiras y muertes. Y el próximo c*****r… puede ser el tuyo, o el de Rafael.
La mano con la que sujetaba el teléfono tembló.
—¿Qué quieres?
—Nada. Solo quería ver cómo suena el miedo en tu voz.
La llamada se cortó.
Pero el pánico no desapareció.
En otra parte del hotel, Rafael revisaba su móvil hasta que un correo llamó su atención.
Asunto: Nada es lo que parece.
Cuerpo del mensaje: Todo lo que muestras al mundo sobre tu origen… es una mentira. Pero tú ya lo sabes, ¿verdad?
Rafael se quedó inmóvil.
No por el mensaje en sí, sino porque las palabras estaban bien elegidas.
No era un chantaje común. No era un opositor político con un juego sucio barato.
Esto era diferente. Más preciso. Más personal.
Su móvil vibró sobre el escritorio.
Número desconocido.
Rafael lo dejó sonar dos veces antes de contestar. Su voz no cambió, su tono fue el mismo de siempre.
—Hola —saludó con voz fría.
Al otro lado, la voz distorsionada dejó escapar una ligera risa.
—Parece que nada te impresiona Rafael Altamirano, pero esto si debe preocuparte…
Él tensó la mandíbula, pero sin una sola fisura en su expresión.
—Ilumíname.
—Tu familia tenía demasiados secretos. Pero el más grande… lo llevas en la sangre.
Rafael no pestañeó.
—Eres más patético de lo que esperaba.
—No tengo necesidad de exagerar. Los secretos no mueren, Rafael. Solo esperan el momento adecuado para salir a la luz.
El silencio se espesó.
—Déjame adivinar —murmuró él, con una sonrisa gélida—. Ahora es cuando pides dinero, poder o algo que me obligue a negociar.
La risa al otro lado fue casi burlona.
—No quiero dinero. No quiero un trato. Solo quiero ver cómo te destruyes con tus propias mentiras.
La llamada se cortó.
Rafael se quedó con el teléfono en la mano.
Frío. Calculador. Pero con un peso invisible en la nuca.
Porque él sabía que aquella amenaza era cierta.
Tomó aire, relajando la mandíbula. No iba a dejarse acorralar sin contraatacar.
Si alguien quería jugar con fuego, se aseguraría de que ardieran primero.