El teléfono de Rafael vibró mientras aún estaba en la base. Estaba de pie frente a la mesa de operaciones, donde los agentes analizaban rutas posibles, rastros satelitales, movimientos del escolta. Vio el nombre en la pantalla. Vicente Altamirano. Contestó. —¿Papá? —Hijo… tengo noticias. Y necesito que me escuches con calma. —¿Qué pasó? —Descubrimos un infiltrado. El escolta de Esmeralda. El que la acompañaba todo el tiempo… no es quien dice ser. Su identidad es falsa. Su expediente fue manipulado. Nos engañaron, lo lamento tanto, no sé cómo pasó… sospecho de Casimiro. En fin, mi equipo de seguridad cruzó información anoche. Ese hombre la entregó. Rafael apretó los dientes. La sangre le bajó a los pies. —Ya lo sabíamos —respondió, sin temblar—. La policía está sobre eso. Lo tienen.

