Solos y fuera de la ciudad.

1514 Words
Los agentes de seguridad llegaron en menos de quince minutos. El equipo de Rafael no se tomaba ningún riesgo. El jefe de seguridad, un hombre de mirada fría y postura rígida recorrió el pent-house con pasos calculados antes de hablar. —Señores Altamirano… hasta que verifiquemos si este lugar está comprometido, lo mejor es trasladarlos a una ubicación segura. Esmeralda, aún alterada por lo ocurrido, frunció el ceño. —¿A dónde nos van a llevar? Rafael la miró con la mandíbula tensa. —No preguntes. Obedece. Ella apretó los labios con fuerza, pero no insistió. Sabía que oponerse no tenía sentido. Uno de los agentes revisó la ventana rota, murmurando algo a otro compañero. Todo era demasiado extraño. —¿Han encontrado alguna señal de que alguien haya intentado entrar? —preguntó Rafael con frialdad. —No, señor —respondió el jefe de seguridad—. El pájaro que rompió la ventana pudo haber sido una coincidencia… pero la llamada que recibió y la amenaza contra la señora Altamirano nos indica que alguien está siguiéndolos de cerca. No vamos a arriesgarnos. Rafael pasó una mano por su nuca, visiblemente tenso. —¿Cuánto tiempo estaremos fuera? —El tiempo que sea necesario. Esmeralda sintió un escalofrío. No era solo paranoia. Alguien realmente los quería fuera del camino. —Está bien —murmuró al fin. Rafael se giró hacia ella y la observó fijamente. —Empaca solo lo necesario. Nos vamos en diez minutos. Esmeralda asintió y se dirigió a su habitación. No protestó, no cuestionó. Pero en su interior, la idea de estar atrapada en un lugar aislado con Rafael le provocaba una sensación que no sabía cómo manejar. **** El lugar al que los llevaron era una casa grande, moderna, escondida en una zona boscosa. Era el tipo de lugar en el que cualquier pareja podría pasar una escapada romántica… si no fuera porque la tensión entre ellos era insoportable. Rafael no le dirigió la palabra a Esmeralda en todo el trayecto. Cuando llegaron, ella miró alrededor, analizándolo todo. —No está mal —murmuró. —No es un resort de lujo, pero servirá —respondió Rafael con ironía. —No me quejo —dijo ella, arqueando una ceja—. Solo espero que no me secuestres aquí para siempre. Rafael le lanzó una mirada afilada. —Si quisiera encerrarte, Esmeralda, encontraría formas más efectivas. Ella sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con miedo. Pero en lugar de contestar, tomó su maleta y se encerró en la primera habitación que encontró. Rafael hizo lo mismo. A pesar de estar en la misma casa, el silencio entre ellos era más pesado que nunca. Pero lo peor… Era que ninguno podía dejar de pensar en el otro. La casa estaba en completo silencio. El reloj marcaba casi la medianoche, pero Rafael no podía dormir. No después de todo lo que había pasado ese día. La amenaza. El vidrio roto. La forma en que Esmeralda corrió a sus brazos, temblando, sin pensarlo dos veces. Y lo peor… La forma en que él la sostuvo, como si realmente la necesitara cerca. Resopló con frustración y se levantó de la cama. No soportaba sentirse así. Bajó a la cocina por un vaso de agua, pero lo que encontró lo dejó inmóvil. Esmeralda estaba allí. Descalza. Con una bata de seda suelta, apenas atada a la cintura. La luz tenue iluminaba su piel, haciendo que el satén de la tela se deslizara sobre su figura como una segunda piel. Rafael sintió cómo se le secaba la garganta. Esmeralda no se giró enseguida. Solo tomó un sorbo de vino lentamente, con una calma que parecía ensayada. —No puedes dormir —dijo, sin voltear, como si hubiera sentido su presencia. Rafael se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos. —¿Tú sí? Ella sonrió apenas, sin mirarlo. —No lo intenté. El aire se volvió denso. La tensión entre ellos siempre había estado ahí. Años de odio, de silencios, de batallas disfrazadas en palabras frías. Pero ahora… Ahora esa tensión se estaba transformando en algo más peligroso. Cuando Esmeralda finalmente giró hacia él, sus ojos se encontraron. Por un segundo, Rafael no pudo moverse. La mirada de Esmeralda no tenía desafío. No tenía rabia. Solo tenía… algo que no debía estar ahí. —¿Por qué me miras así? —preguntó ella, en voz baja. Rafael sintió una punzada de irritación, consigo mismo, con ella, con la situación. —¿Y cómo debería mirarte? Esmeralda no respondió. Solo lo estudió en silencio. Y eso lo hizo perder la paciencia. En un solo paso, Rafael cerró la distancia entre ellos. La atrapó entre la encimera y su propio cuerpo. Esmeralda contenía el aliento. Rafael estaba demasiado cerca. Demasiado cálido. —Aún tienes la marca de la bofetada de tu padre… —murmuró él, con rabia contenida. Ella parpadeó. No había esperado eso. Y Rafael no sabía por qué demonios lo había dicho. —No es nada —susurró ella—, ya estoy acostumbrada. Pero cuando intentó moverse, él la sujetó de la muñeca. —No te vayas. Esmeralda se congeló. El tono de Rafael no era una orden. Era algo más. Algo cálido. El silencio los envolvió. Los separaban solo centímetros. Rafael bajó sus ojos hacia los labios de Esmeralda, y no pudo evitarlo. La besó. Pero no con suavidad. Fue un beso hambriento, rabioso, una guerra entre deseo y orgullo. Esmeralda jadeó contra su boca. Pero no lo apartó. Lo besó de vuelta. Rafael deslizó una mano a su cintura y la empujó más contra él. El beso se volvió más intenso, más urgente. Manos explorando, respiraciones entrecortadas, piel contra piel. No era solo deseo. Era una maldita batalla. Esmeralda se aferró a su cuello, como si quisiera fundirse en él. Rafael la levantó de la cintura y la sentó en la encimera de la cocina. La tela de la bata se deslizó un poco, dejando su muslo expuesto, haciendo que su control pendiera de un hilo. Cuando Rafael se separó apenas, sus frentes quedaron pegadas, sus respiraciones chocando en el espacio mínimo entre ellos. —Dime que no quieres esto —susurró él. Esmeralda no lo dijo. Entonces sonó el teléfono. Rafael se tensó. Ambos se quedaron inmóviles, aún entrelazados. El momento se rompió. Con un suspiro frustrado, Rafael cerró los ojos por un segundo antes de apartarse. Buscó su móvil. Y cuando vio el nombre en la pantalla, su mandíbula se tensó. Vicente Altamirano. Esmeralda aún estaba sobre la encimera, con la bata suelta, con la respiración alterada. Rafael todavía sentía su cuerpo caliente contra el suyo. Pero tenía que responder. Con voz controlada, atendió la llamada. —¿Qué quieres? El tono frío de Vicente le dejó claro que no traía buenas noticias. —Espero no estar interrumpiendo algo importante. Rafael cerró los ojos con furia. No tenía idea de qué quería su padre. Pero sabía que la llamada de Vicente era por algún motivo importante. Y lo peor… Era que la única imagen en su mente en ese instante era Esmeralda. Con los labios hinchados. La piel encendida. Y la certeza de que, si su teléfono no hubiera sonado, la habría tomado ahí mismo. Esmeralda lo miró en silencio, analizando su reacción. No entendía qué la molestaba más. Que él contestara en ese momento. O que no le importara que los hubiera interrumpido. —Hay una periodista investigando el financiamiento de tu campaña —continuó Vicente—. Es inteligente. Si sigue metiendo las narices donde no debe, tarde o temprano encontrará algo. Rafael sintió un nudo en el pecho. Sabía exactamente de quién hablaba. —Selena Saavedra. —Así es. Es cuestión de tiempo antes de que saque algo que nos perjudique. Tienes que controlarlo. Rafael apretó los dientes. —¿Qué sugieres? —Que le des una entrevista. Que le des la versión que queremos que escuche. O que la convenzas de cerrar la boca. Esmeralda vio la forma en que el cuerpo de Rafael se tensaba. Sabía que la conversación no iba bien. Pero lo que más le fastidió fue su propio cuerpo. Porque, aún con su enojo, seguía sintiendo el calor de sus manos en su piel. Cerró los ojos y bajó de la encimera, acomodándose la bata como si eso pudiera borrar lo que acababa de pasar. Cuando Rafael terminó la llamada, ella ya se había alejado de él. Se giró y la vio servirse más vino con un aire despreocupado. —Déjame adivinar —soltó ella con ironía—. La campaña primero. Como siempre. Rafael se pasó una mano por la nuca, aún irritado. —No empecemos con esto, Esmeralda. Ella se giró con una media sonrisa venenosa. —Yo no empecé nada, Rafael. Tú sí. Los ojos de él brillaron con un peligro latente. Pero no dijo nada. No podía. Porque sabía que ella tenía razón. Con un suspiro, se giró y salió de la cocina, dejando a Esmeralda con un vacío en el pecho que no tenía sentido.
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