Rafael descendió del auto junto a Esmeralda, rodeado por su equipo de seguridad y dos asesores de campaña que lo esperaban con semblantes tensos. —Señor Altamirano —dijo uno de ellos, caminando a su lado mientras cruzaban la puerta principal—, la prensa está exigiendo declaraciones sobre el estado de salud de Taddeo Landeros. También preguntan si se tomará alguna acción legal contra la persona con la que chocó. Rafael no se detuvo. —No haré comentarios sin el informe oficial del accidente. —Pero… —Dije que no. Su voz sonó tan cortante que nadie se atrevió a insistir. Caminó con paso firme por el pasillo central hasta llegar al área de cuidados intensivos. Esmeralda, en silencio, apretaba la chaqueta de Rafael entre los dedos. El corazón le palpitaba en la garganta. Una enfermera lo

