Las palabras golpearon a Rafael como una daga en el pecho. Dormida. En su cama. Con él. Por un segundo, sintió que el mundo se le desmoronaba. Que todo lo que había descuidado, todo lo que había dado por sentado… lo estaba perdiendo. Y tal vez, pensó, era lo justo. Entonces Leandro soltó una carcajada. Rafael lo empujó con furia y entró… ahí estaba Esmeralda dormida en el sofá, envuelta en una manta, con el cabello revuelto, mejillas húmedas. Vulnerable. Hermosa incluso en su tristeza. —Bebió un poco —explicó Leandro—. Tenía que sacar todo lo que tú no te tomaste el tiempo de escuchar. Rafael dio un paso al frente, los ojos inyectados. —¿Qué le hiciste? —Lo agarró de la solapa de la chaqueta. Leandro se sacudió y se soltó del agarre. —Le di lo que tú no puedes —respondió Leandr

