Leandro clavó sus oscuros ojos en Casimiro y sin titubear respondió: —Una sociedad con usted. —Leandro entrelazó los dedos sobre su regazo—. Tengo el capital, el respaldo y la ambición para expandir su empresa más allá de lo que imagina. Pero no hago negocios con cualquiera. Casimiro sonrió con ironía. —Qué curioso, yo tampoco. Hubo un silencio cargado de tensión. —Entonces, dígame, Castañeda. —Casimiro inclinó la cabeza, evaluándolo—. ¿Qué le hace pensar que yo lo necesito a usted? Leandro apoyó un codo en el brazo de la silla, con una expresión de absoluta seguridad. —Porque yo no tengo miedo de ensuciarme las manos. Casimiro se quedó en silencio por un momento, como si estuviera midiendo cada una de sus palabras. —Si está tratando de impresionarme con su discurso de hombre sin

