El aire en la sala de reuniones estaba cargado de tensión, como si una tormenta invisible hubiera estallado dentro del recinto. Rafael se mantenía de pie frente a la mesa central, rodeado por su equipo de seguridad e inteligencia. Sus ojos, enrojecidos por la angustia y el dolor, no parpadeaban. —Quiero los registros de todos —ordenó con voz grave—. Absolutamente todos. Personal de confianza, escoltas, asesores, visitas. Nadie queda fuera. Uno de los hombres se aclaró la garganta. —¿Incluye a aliados políticos? —¿Te parece que alguien está exento? —espetó Rafael, alzando apenas la voz—. Si hubo una traición, la voy a encontrar. Aunque venga de alguien que me dé la mano todos los días. Las órdenes comenzaron a fluir con rapidez. Celulares en llamada, laptops abiertas, voces murmurando

