La tarde comenzaba a desvanecerse tras los ventanales cuando tocaron la puerta de la sala de coordinación. —Señora Esmeralda —dijo una de las asistentes—, el señor Altamirano desea revisar con usted los avances del evento. Preguntó si podía reunirse ahora. Esmeralda asintió con serenidad. —Claro, que pase. Estoy lista. Ella misma organizó los papeles, ajustó el cronograma sobre la mesa de trabajo y revisó la lista de insumos médicos como si aún necesitara comprobar algo. No lo hacía. Estaba segura de su trabajo. Cuando la puerta se abrió, Rafael entró con paso seguro y la mirada fija en ella. —¿Interrumpo? —preguntó, aunque ya cerraba la puerta detrás de él. —Para nada —respondió Esmeralda—. Justo terminaba de ordenar todo. Él se acercó y, en lugar de sentarse frente a ella, lo hiz

