Esmeralda lo miró como si acabara de escuchar una bomba estallar. Su respiración se volvió agitada, su pecho subía y bajaba con fuerza. No porque no le importara… sino porque eso lo cambiaba todo. Porque lo que él acababa de decir… la descolocaba por completo. —No juegues conmigo, Rafael… —susurró, con la voz apenas sostenida—. No digas eso si no estás seguro. No lo digas si mañana vas a volver a alejarte. Él dio un paso hacia ella, pero Esmeralda se encogió en el sofá. —¿Tú sabes lo que me costó levantarme cada vez que me humillabas? ¿Tú sabes lo que es tenerte cerca, y no saber si debo odiarte o…? Se detuvo antes de completar la frase. Porque ni ella misma sabía cómo terminarla. Rafael la miró en silencio, con los ojos fijos en los suyos. En su expresión ya no había soberbia ni e

