La brisa del mar soplaba con la misma calma que reinaba en la terraza. Las velas titilaban, proyectando sombras suaves sobre el rostro de Esmeralda. Rafael tenía la mirada fija en el océano, pero su mente estaba muy lejos de ahí. —Desde hace años… —dijo en voz baja, casi para sí mismo—, tengo la impresión de que Vicente Altamirano no es mi padre. Esmeralda giró lentamente la cabeza hacia él. Lo miró con el ceño fruncido, sorprendida por su confesión. —¿Por qué dices eso? Rafael soltó el aire, como si le pesara el pecho. —Porque nada encaja. Porque mi madre siempre fue una mujer de silencios. Y Vicente… nunca fue un padre. Solo era una figura… fría. Calculadora. Implacable. —Pero él te crio —dijo Esmeralda, con cautela—. Te convirtió en el hombre que todos admiran. Rafael soltó una r

