Esmeralda se volvió lentamente hacia su madre. Caminó con pasos temblorosos, sintiendo que cada uno la alejaba de esa barrera que había mantenido intacta durante años. Se arrodilló junto a la silla de ruedas, tomó la mano de Eloísa entre las suyas y la apretó con fuerza. —Voy a protegerte —susurró con la voz rota, pero firme—. Te lo juro, mamá. Nadie más va a hacerte daño. Nadie más va a decidir por ti… ni por mí. Sus labios temblaban. —Pero necesito que tú me ayudes. —Se inclinó un poco más, rozando con su frente la de ella—. Pórtate bien, ¿sí? No les grites, no los muerdas, no los asustes… Solo así podré sacarte de aquí. Eloísa no respondió. Seguía con la mirada perdida, inmóvil. Pero Esmeralda fingió no notarlo. Necesitaba fingir que aún estaba allí. Lentamente, se inclinó y la abr

