Esperó un poco más de tiempo y se levantó, aún las rodillas le temblaban y el corazón estaba a mil por hora. Cada fibra de su ser había recibido un sacudón. Cuando pudo recobrar el sentido de la realidad, ella corrió hasta el coche. Iría a toda marcha a la estación. Las puertas se deslizaron para dejarla pasar, el vigilante de la puerta la miró con los ojos muy abiertos. —¿Cómo se encuentra? ¿No debería estar todavía en el hospital? —Hola. Sí, pero el deber es más fuerte. Continuó hacia los elevadores, por suerte, no había nadie. Aprovechó un momento para verse en el espejo que tenía en frente. Estaba despeinada, con bolsas debajo de los ojos y todavía con los vellos erizados. Trató de peinarse un poco y de aplicarse un poco de labial para disimular el estado de crispación. No quería

