El chico temblaba. El chico miraba hacia todas las direcciones en búsqueda de alguna salida o de un alma que lo ayudara en tamaña encrucijada. Sostenía una pequeña navaja oxidada aunque sabía que aquello no representaba ninguna defensa que valiera la pena. —Vamos, chaval. Deja lo que has robado y te dejaremos en paz. Venga. Tres tipos delante de él. Uno más grande y fuerte que el otro. Un chiquillo flacucho no podía con ninguno. Reían y sonreían en tono de burla. Les parecía gracioso que aquel muchacho se atreviera a robarle el prendedor de oro de su jefe pero qué iba a saber que se trataba de Regie, el jefe de la mafia de Nueva York. Sostenía el prendedor con todas sus fuerzas. No lo soltaría por nada del mundo, sobre todo, porque esa pieza lo ayudaría a comer un plato caliente esa no

