El acto fue corto pero los minutos fueron suficientes para volver a embriagarme debido a la intensidad de su cuerpo. Cada embestida se sintió con esa fuerza de quien desea abrirse paso con decisión. Tomé sus hombros y lo miré a los ojos. Su respiración la sentí en mi cuello y nuestros pechos, muy juntos, parece que compartieron los mismos latidos.
Me ahorcó y sus labios tensos por el esfuerzo y la excitación se abrieron un poco para ordenarme que me corriera. La verdad es que no hizo demasiada falta que me lo dijera. Mis piernas se aferraron en su torso para sentir su pene más dentro de mí. Dios, cuánto adoraba tenerlo así de profundo.
Gemí y gemí hasta que esos ruidos se volvieron gritos. Mordí mis labios y finalmente me dejé llevar por el orgasmo. Erik, por su lado, siguió dentro hasta que también comenzó a hacer quejidos. Al estar cerca, me soltó e hizo que me arrodillara. Recibí todo el calor de una segunda corrida en mi cara. Algunos restos cayeron en mis labios y aproveché para comerlos mientras le sostenía la mirada.
Me levanté suavemente y me metí a la ducha. Todo con esa actitud de indiferencia que él mismo me transmitió al principio. Él luego se unió y nos duchamos los dos entre los besos y las caricias.
Al salir, él se excusó por lo que me quedé sola en el baño. Miré mi cara y supe que había pasado una sesión bastante fuerte. Todavía estaba sonrojada y hasta tenía los ojos llorosos aunque no supe bien por qué. Miré la piel y encontré algunas marcas de dientes y chupones. Supongo que no me di cuenta de ellas porque mi mente quedó sumida en una especie de trance. Uno increíble.
Como no hacía frío, sólo me coloqué los shorts y el suéter de punto. Bajé las escaleras descalza y lo encontré en la cocina frente al refrigerador, concentrado en lo que había en el interior.
—Sé que comimos demasiado pero se me antoja algo dulce. ¿No te pasa lo mismo?
—Creo que me estás leyendo la mente porque pensaba en lo mismo.
—No se diga más… Déjame… A ver… Debe estar por aquí… ¡AJÁ!
Sacó una caja mediana y la colocó sobre la encimera. Frotó sus manos y me miró con entusiasmo infantil.
—Esto fue un regalo por una inauguración de una pastelería que está cerca. El dueño sabe que me desvivo por los dulces así que me preparó esto.
Levantó la tapa de cartón dorado y encontré una variedad de dulces cuyo aspecto era delicioso. Pasteles de manzana, tartaletas de frutas, canolis, profiteroles, galletas con chispas de chocolate y hasta fresas con crema.
—Esto es de chocolate blanco. Es un postre francés, creo recordar.
Lo tomó delicadamente entre sus dedos y me lo ofreció.
—Es uno de mis favoritos y quiero que me digas tu opinión.
Tenía forma de esfera, así que tardé un momento para darle el primer mordisco. Escuché la risa de él, por lo que supongo que me veía bastante graciosa.
Mis papilas gustativas experimentaron una serie de sabores exquisitos. Vainilla, notas cítricas y una textura esponjosa parecida a la de una mouse.
—Es delicioso.
—Te lo dije. Esa pastelería será mi perdición.
Nos sentamos a comer dulces como un par de niños. No pensé que la noche terminaría de esa manera.
Después de comer, nos fuimos a su habitación. Me dispuse a ponerme los zapatos pero él insistió en que me quedara un rato. Le hice caso pero en cuanto apoyé la cabeza sobre la almohada, me quedé profundamente dormida.
Desperté al día siguiente de un sobresalto. Escuché el trinar de los pájaros y el ruido de una bocina a lo lejos. Al incorporarme, noté que todavía estaba vestida.
Fui al baño, me lavé la cara y salí a buscar a Erik. Caminé por la casa hasta que me rendí. Una persona tan ocupada como él, de seguro estaba en el escritorio con una torre de papeles.
Me acerqué a la cocina porque tenía un poco de sed. En una de las puertas del refrigerador, encontré una pequeña nota. Al tomarla, sólo estaba el número de un chófer y un “llámalo cuando quieras”. No le presté atención y pensé que era mejor irme en cuanto antes.
Preparé mis cosas y pedir un Uber. Salí del elegante edificio y esperé hasta que aparcó un coche. Al subirme, descansé la cabeza sobre el asiento y sentí que el mundo me daba vueltas. Nunca pude imaginar el experimentar tantas emociones juntas. Erik hizo lo que quiso conmigo, literalmente.
Al llegar a casa, encontré todo en silencio. Incluso no estaban los guardias de siempre. Internamente agradecí que fuera de esta manera porque así tendría un poco de paz espiritual. Subí a mi habitación, dejé mis cosas sobre una silla y me eché sobre la cama. Ya ansiaba verlo.
Pasaron los días y no tuve noticias de Erik. Aunque sólo compartimos una noche de sexo, no podía quitármelo de la cabeza. De hecho, había días que sólo recordaba su perfume, otros el cómo lucía con sus elegantes trajes y el resto en sus besos. Cada cosa me producía una excitación increíble.
Para distraerme un rato, encendí la televisión. Hice una media hora de zapping hasta que me topé con algo que me dejó helada. Era la foto de Erik, saliendo de un elegante restaurante en compañía de una mujer.
El noticiero del corazón hizo énfasis de que quizás se trataba de la nueva conquista del soltero más cotizado de la ciudad. Me sentí molesta, indignada. Pero, ¿por qué pasaba eso? ¿No debería estar feliz de que la deuda estuviera saldada y que, por lo tanto, ya no habría necesidad de preocuparme por el bienestar de mi familia? Esas preguntas comenzaron a flotar en mi mente.
Aunque todo eso tuvo sentido, me acosté temprano esa noche. No quise pensar en nada más hasta que escuché el móvil. Ansié como nunca que se tratara de él… Y así fue.
—¿En dónde estás, niña mala? ¿En dónde te escondes?
—No me escondo. Estoy aquí.
—¿Qué haces allí que no estás aquí? Ven.
—¿De verdad quieres que vaya?
—Deja de hacer preguntas. Te estoy esperando.
Iba responderle cuando escuché la corneta. Era el Lamborghini.
Salté de la cama y corrí por la habitación como si fuera gallina sin cabeza. Tomé una mochila, guardé una muda de ropa. Me quité la ropa de dormir y me puse algo ligero. No quería hacerlo esperar demasiado.
Salí con unos jeans algo flojos, una franelilla de tiros y unas zapatillas deportivas. Tomé un suéter y corrí hacia la puerta. Aunque no escuché nada, giré la perilla de la puerta principal con cuidado y salí igual. Al cerrar detrás de mí, él me esperaba como la primera vez: apoyado sobre la puerta y con esa actitud de chico malo que me mataba.
Al encontrarme con él, recordé la sensación amarga de la tarde así que no fue tan efusiva como quise.
—¿Sacaste tiempo para mí?
—Siempre tengo tiempo para ti.
—Mmm. Pensé que la deuda estaba saldada.
Seguí provocándolo para ver si lograba alguna reacción.
—Ja, ja, ja. Sí y no. Sucede que quiero más, por lo que tendrás que esperar cuando quiera parar.
Se acercó a mí y me besó el cuello. Sus labios me llevaron hacia otro plano así que olvidé por completo la lista de reproches que quería hacerle. Me apoyé de sus hombros y nos besamos. La dulzura de su boca me recordó lo delicioso y contradictorio que era estar con él.
—¿Qué tal si damos un paseo primero?
—Vale.
Le dije entusiasmada, así que nos subimos y enseguida pisó el acelerador. Fue despacio hasta que salió de la tranquilidad de los suburbios. Al ir por la autopista a toda velocidad, Erik bajó las ventanas y abrió el compartimiento del techo. No sabía que estaba ahí sino hasta ese momento.
El aire entró y sentí la necesidad de sacar mi cuerpo, extender los brazos y gritar de la emoción. Era libre y feliz, incluso. Una sensación que no hubiese cambiado por nada del mundo.
Siguió manejando hasta que desaceleró y fue por otros caminos, los cuales ni sabía que existían. Me encontré con todo tipo de escenarios: casas, barrios de lujo y bohemios, calles atestadas de personas comiendo, los olores de las brasas y de carne asada. La ciudad era como un ser vivo que nunca descansaba.
Volví a sentarme y él sólo me miraba con una sonrisa. Odiaba cuando lo hacía porque me hacía sentirme débil e incapaz de negarme a lo que quisiera.
Llegamos al estacionamiento en cuestión de minutos e hicimos el mismo recorrido que la primera vez. De verdad extrañaba estar con él.
Me dejó pasar y enseguida me pidió que me sentara en el desayunador. Esa sonrisa de complicidad, se transformó en una expresión de seriedad. Ya estaba acostumbrándome a esos cambios.