Prólogo
Prólogo
Ever
Hace cinco años...
Se ha ido.
No puedo creer que realmente se haya ido.
Tal vez regrese. Tal vez se dé cuenta de la decisión estúpida y egoísta que ha tomado y vuelva. Pedirá perdón y después de que lo hagamos arrastrarse un poco, le abriremos los brazos y le diremos que está bien. Le aseguraremos que sólo fue un momento de debilidad. Sé que mi madre no puede hacerlo, pero yo le daré la fuerza y la fortaleza que necesitará para superar este desastre familiar. Cuidaré de él y de mamá, y él verá... que como familia, podemos manejar cualquier cosa.
Pero en el fondo... sé que no va a volver.
Mis lágrimas se han secado por fin y me siento en mi cama. Apoyo la mano en la almohada, que está empapada por los ríos de dolor que he llorado. Mi cerebro late como si una banda de música se hubiera instalado en su interior. Agachando un poco la cabeza, todavía puedo oír los sollozos apagados de mi madre en su habitación de al lado. Creo que sus lágrimas tardan más en desaparecer que las mías.
Me pongo de pie con las piernas en el lado de la cama. Me tambaleo un poco, pero supongo que es de esperar después de haber estado aquí casi dos horas... llorando. Siento la cabeza confusa y el cuerpo débil. Sin embargo, no hay tiempo para eso.
Tengo que ir a ver a mi madre.
Al abrir la puerta de su habitación, la veo recostada de lado. Está acurrucada en posición fetal, con una de sus almohadas aplastada contra el pecho. Intenta aferrarse a algo y, por desgracia, lo único que tiene es una almohada.
Me acerco al borde de la cama. Tiene los ojos cerrados, pero bajo las pestañas oscuras le caen litros de agua. Tiene la nariz roja y los labios secos.
Con extrema delicadeza, le quitó la almohada de las manos. Ni siquiera abre los ojos, pero de su garganta sale un sonido gorjeante y empiezan a brotar nuevas lágrimas. Me meto en la cama y reemplazó la almohada con mi cuerpo. Sus brazos me rodean y se aferran desesperadamente a mi calor. Me apoya la cara en el cuello, y ahora puedo sentir cómo sus lágrimas caen de su piel a la mía.
Levantó la mano para acariciar su pelo, que es fino y quebradizo. Me sorprende que no se me rompa en las manos.
—Shhh, mamá. Todo irá bien.
Mi madre solloza con más fuerza y, por primera vez, mi propia pena empieza a disminuir. En su lugar, siento que empieza a manifestarse un odio hirviente. Comienza en el centro de mi pecho, y casi puedo imaginar lava líquida burbujeando y expandiéndose en mi corazón. Se desborda y corre por mis venas. Casi puedo sentir el calor en las puntas de los dedos de las manos y de los pies.
Mi mente se vuelve oscura. Pensamientos furiosos y despiadados me consumen por el hombre que acaba de destruirme a mí y a mi madre.
Me llamo Ever Montgomery. Tengo dieciséis años y me juro a mí misma... que nunca dejaré que me vuelva a pasar algo así.