La madrugada había sido silenciosa. Albert y Nora permanecieron en la habitación, turnándose para vigilar al abuelo Walter. El leve sonido del monitor cardiaco había acompañado la noche como un recordatorio constante de su frágil estado. Albert se había quedado dormido en una silla junto a la ventana, mientras Nora, sentada cerca de la cama, observaba el rostro sereno de su suegro. Su respiración parecía tranquila, casi imperceptible, como si estuviera en un sueño profundo. Con la llegada de la mañana, el doctor entró a la habitación, acompañado por una enfermera. Saludó a Albert y a Nora con un gesto amable y comenzó su ronda habitual. Albert, aún medio adormilado, se levantó y dejó paso al médico, mientras Nora observaba desde un rincón. El médico se acercó al abuelo, revisando

