Después de la cena, Karely y Sebastián insistieron en preparar un espacio más cómodo para el cachorro. Buscaron una caja en el garaje y la forraron con una manta vieja, colocándola en un rincón cálido de la sala. —Ahí estarás más cómodo, pequeño –dijo Karely, mientras acariciaba al cachorro, que la miraba con ojos brillantes. —¿Crees que extrañe a su mamá? —preguntó Sebastián en voz baja, observando cómo el perrito se acomodaba en la caja. —Tal vez —respondió Karely, pensativa —Pero ahora nos tiene a nosotros. Haremos que no se sienta solo. El cachorro pareció entender sus palabras, porque dejó escapar un pequeño suspiro y cerró los ojos, entregándose al sueño. A la mañana siguiente, Laura se levantó temprano y fue a la cocina a preparar el desayuno. Al pasar por la sala, vio al cacho

