Sebastián, por otro lado, enfrentaba la presión de demostrar que podía seguir los pasos de su padre en la empresa de seguridad. Enrique lo había asignado a un proyecto para diseñar un nuevo sistema de monitoreo que combinara tecnología avanzada con accesibilidad económica, una tarea que, aunque emocionante, lo tenía al borde del colapso. Una tarde, después de una larga reunión en la empresa, Sebastián regresó a casa frustrado. Jonathan, quien había pasado por situaciones similares en su juventud, lo encontró en el jardín, pateando un balón de fútbol con evidente irritación. —Sebastián, ¿todo bien? —preguntó acercándose. Sebastián dejó de jugar y se sentó en el césped. —No. Papá confía mucho en mí, pero siento que no puedo con todo. Las ideas no salen como quiero, y algunos empl

