Capítulo cuarenta y cinco. La marca del dragón. Desperté entre sus brazos, con la calidez de su piel aún impregnada en la mía y el aroma de las velas derretidas flotando en el aire. No había palabras para describir lo perfecto que fue nuestro aniversario, pero sí una certeza: Alexandre y yo habíamos sobrevivido a mucho… y estábamos listos para lo que viniera. O al menos eso creía. La mañana siguiente no fue tranquila. Alex recibió una llamada importante y desapareció detrás de las puertas de su despacho con Dimitri. Yo, en cambio, bajé a desayunar con los niños. Marie chapoteaba su compota con las manitas, y Daniel garabateaba en su cuaderno como si se le fuera la vida en ello. —¿Qué dibujas, mi amor? —le pregunté, acercándome. Me mostró una hoja con símbolos extraños. Eran espirales,

