Rebeca observaba a David y a Angélica. El caos había explotado y la realidad la golpeaba como una avalancha. «¿Son mis hijos? ¿Son realmente mis hijos?», pensaba, paralizada por el miedo que ahora recorría cada fibra de su ser. Angélica mantenía la mirada clavada en el suelo, incapaz de enfrentar a nadie. —¡¿Es cierto, Angélica?! —exclamó Conrado, horrorizado—. ¿Esto es una maldita venganza? —¡No! —gritó Angélica, desesperada. —¡Sí! —exclamó David con una furia contenida, como si se desatara de todas las cadenas que le habían mantenido en silencio durante tanto tiempo. Conrado dio un paso hacia atrás, sus ojos se ensancharon de horror mientras dirigía su mirada hacia Angélica, buscando una negación, una explicación, pero lo único que encontró fue silencio. Su amada esposa era una tra

