—¡¿Qué demonios estás diciendo?! —gritó Conrado, con incredulidad y rabia—. ¿Es una broma absurda, Angélica? Ella lo miraba con una sonrisa fría, disfrutando cada segundo de su tormento. —No, no es ninguna broma, Conrado —dijo ella con calma—. ¿De verdad pensaste que podría amar a un viejo asqueroso como tú? Estar contigo ha sido un tormento, besarte, acostarme contigo... todo ha sido un infierno. Me das asco, cada caricia tuya me revuelve el estómago. Pero lo soporté. ¿Sabes por qué? —Su sonrisa se ensanchó—. Porque quería llegar hasta este momento, para mirarte a los ojos y decirte cuán patético y despreciable eres. Conrado se puso de pie, el shock comenzaba a desvanecerse, dando paso a la furia. —¡¿Qué estás diciendo, Angélica?! ¡Esto no puede ser verdad! —su voz temblaba de ira. A

