~Lyra~
Me senté al borde de la cama como un maldito espectro.
Piernas apretadas. Dedos de los pies encogidos contra la alfombra.
Ojos fijos en mi propio reflejo como si no reconociera a la chica que me miraba. Mi piel estaba ruborizada. Mis mejillas rosadas. Mis pezones lo suficientemente duros como para notarse a través de la camiseta sin mangas.
¿Y entre mis muslos? Un dolor constante y pulsante. Tan hinchada que podía sentir mi corazón latiendo en mi clítoris.
Me veía arruinada. Follada... Y ni siquiera me había tocado aún.
Todo lo que había hecho era mirar. Una mirada desde ese balcón y mi cuerpo se convirtió en calor.
Una maldita mueca y casi me vine en mis bragas en la maldita piscina.
No podía dejar de verlo.
La forma en que estaba allí... sin camisa, con la espada brillando al sol, como un maldito dios antiguo hecho de violencia y testosterona.
La forma en que sus ojos me devoraban.
Sin sonrisa. Solo hambre.
Luego esa mueca. Esa promesa. Era el tipo de mirada que decía que él sabía a qué olía, a qué sabía. Lo que haría por él si solo moviera un dedo.
Debería haber apartado la mirada, pero no lo hice.
No podía. Ya me tenía.
—Lyra.
La voz de Tasha rompió el silencio.
Me sobresalté, parpadeando al verla salir del baño, la toalla aferrándose a sus caderas, gotas de agua deslizándose por sus tetas desnudas como perlas sobre seda.
Sus pezones estaban erguidos y duros. Sus tetas... jodidamente perfectas. Llenas. Levantadas. Salpicadas de gotas. Parecía una estrella porno en una película de verano.
—¿Qué estás haciendo? —se rio—. Llevas diez minutos mirándote como una psicópata.
—No estaba...— aclaré mi garganta, forzando mis muslos a separarse un poco, tratando de enfriar el calor que palpitaba entre ellos—. Solo... estaba distraída.
Tasha puso los ojos en blanco y dejó caer la toalla sin ninguna vergüenza, quedándose allí con solo un tanga rosa de encaje mientras hurgaba en su cajón. Sus tetas rebotaban con cada movimiento, desnudas, temblorosas, jodidamente felices de ser vistas.
No le importaba que la estuviera mirando.
Nunca le había importado.
Y Diosa, se veía bien.
Sin sostén. Sin filtros. Solo piernas largas, piel suave, y un busto que parecía esculpido por la Diosa de la Luna misma. La forma en que se inclinaba para agarrar un top corto hacía que sus tetas se balancearan y temblaran como si suplicaran atención.
—A veces eres tan rara —dijo, poniéndose el top sin pensarlo dos veces—. Pero sexy. Así que está bien. Solo diremos que tú eres la callada y misteriosa y yo la puta imprudente.
—Tasha…
Ella giró, sonriendo.
—¡¿Qué?! Es verdad. Tengo una neurona y dos tetas increíbles. Mira. —Las agarró y las hizo rebotar—. Tetas divertidas, Lyra. Diversión de verdad. Y vamos a usarlas al máximo este verano.
Me reí, me sonrojé y negué con la cabeza.
Ella se acercó y juntó sus pechos como un sándwich.
—Piscina. Chicos. Vino. Orgías... es broma. ¿O no?
Me atraganté.
—Estás loca.
—Y tú vienes conmigo. Primero, piscina. Luego helado, y después nos divertimos en la bodega hasta que papá nos atrape y nos castigue como si aún tuviéramos dieciséis.
Al mencionar a su papá, mi respiración se detuvo.
Tasha no se dio cuenta.
Simplemente se puso unos shorts diminutos... si es que se les podía llamar así... y se dirigió al espejo. Sus tetas rebotaron todo el camino.
Miré su reflejo. No a sus pechos.
No realmente.
Al anillo en su tocador. Su anillo. El anillo de Alfa de Damon Thornvale.
Grueso. Plateado. Pesado de poder.
Mis muslos se tensaron.
Ella agarró sus gafas de sol, se recogió el cabello y me miró.
—¿Vienes?
—Te alcanzo allá —contesté—. Solo necesito un segundo.
Ella se encogió de hombros.
—No hagas esperar a papi. Lo odia. —Me congelé. Ella guiñó un ojo—. Bromeo —añadió.
Y luego se fue.
****
El traje de baño rojo de una pieza se aferraba a mi cuerpo como una segunda piel. Cortado alto en las caderas y bajo en el pecho. Tan ajustado que podía sentir mi corazón latir en mis pezones.
Me lo puse con dedos temblorosos.
Sin sujetador. Sin bragas.
Solo piel mojada y fantasías empapadas.
Ni siquiera me importaba cómo se veía.
Quería que él me viera. Que oliera el calor entre mis piernas desde una maldita milla.
**
La piscina ya estaba llena cuando salí.
Chicas recostadas en tumbonas con bikinis casi invisibles. Chicos lanzándose en bomba desde las rocas. La risa resonaba bajo el sol como si el pecado estuviera de fiesta. El aire olía a aceite de coco, cloro y temeridad adolescente, pero cuando salí con mi traje de una pieza rojo, todo cambió.
Las miradas se deslizaron. Los susurros comenzaron. La sed floreció.
Porque el traje era jodidamente bueno. Pintado en mi piel. Alto en las caderas. Profundo entre las tetas. Tan delgado que cuando me mojaba, se volvía jodidamente transparente.
Y quería que fuera así.
Quería que miraran. Quería que él lo oliera.
Tasha me encontró al borde de la piscina, sus pechos rebotando en un bikini verde lima que apenas la contenía. Sus pezones estaban duros como diamantes bajo la tela delgada, y no le importaba un carajo.
—Oh, mi Diosa —chilló, agarrando mi mano—. Te ves tan jodidamente caliente.
—¿Tú crees?
—Creo que, si mi papá te ve con eso, te va a encerrar en el sótano y nunca te dejará salir.
Me reí… pero mis muslos se tensaron. Porque eso no sonaba como un castigo. Sonaba como una promesa.
Tasha giró y se dio una palmada en el trasero.
—¡Vamos! Todos están aquí. Estamos tomando shots en los flotadores.
La seguí por las escaleras hacia el agua, el frío cortando contra mi calor, mis pezones endureciéndose al instante. Se sentía sucio. Como una provocación. Como si un polvo estuviera esperando a suceder.
Ya había al menos seis personas en la piscina.
Molly… cabello n***o, grandes pechos, masticando su pajilla como si fuera un falo. Su top era rojo y prácticamente inútil, sus pezones oscuros empujando contra los triángulos empapados.
Violet… curvilínea, gruesa, siempre haciendo pucheros. Su bikini era dorado. Sus pechos flotaban en la superficie del agua como juguetes sexuales suaves suplicando por manos.
Sofía… pequeña, bronceada, ruidosa. Su top de tiras se deslizaba y ni siquiera se molestaba en arreglarlo.
Tres chicos estaban cerca del extremo profundo. Grandes, altos, de sangre Alfa. Prácticamente desnudos. Sus shorts se aferraban a gruesos p***s venosos que hinchaban la tela. No podía dejar de mirar.
Matteo… tatuado. Cicatriz en la ceja. Tenía un pene tan grueso que parecía doloroso.
Romano… callado, taciturno, pero con un pene que se curvaba como un arma, lo bastante pesado como para balancearse en sus shorts cada vez que se movía.
Y Nico… arrogante como el infierno. Su bulto era enorme. Grueso en la base, gordo en la punta. Del tipo que te hace doler la mandíbula solo de pensarlo.
Nadé lentamente, sintiendo el agua deslizarse sobre mi cuerpo como la lengua de un extraño. Cuando salí a la superficie, Tasha me pasó un trago.
—Por veranos jodidamente sucios —dijo sonriendo.
Chocamos los vasos. Bebimos.
El ardor no era nada comparado con lo que sentía por dentro.
—Te extrañé tanto —susurró, mojada y borracha y brillando bajo el sol—. Este verano nos va a arruinar.
Rozó sus labios contra mi mejilla. Sus pechos rozaron mi pecho. Sus dedos se quedaron.
Entonces alguien la empujó debajo del agua.
El caos estalló.
Salpicaduras. Gritos. Risas. ¿Y en medio de todo? Matteo.
Salió de la piscina como un pecado emergiendo de las profundidades. El agua se derramaba por su pecho. Sus pantalones cortos se aferraban a sus muslos. Su bulto parecía querer escapar. Se me secó la boca.
Entonces Romano agarró a Violet por la cintura bajo el agua y la atrajo a su regazo. Ella jadeó... fuerte. Le dio un golpe en el pecho. Gimió cuando él le mordió el hombro.
A nadie le importó.
Nadie apartó la mirada.
Violet movía sus caderas contra él, gimiendo más fuerte, sonidos húmedos resonando mientras el agua chapoteaba. Él apartó su bikini a un lado bajo la superficie. Podía ver el movimiento. Su mano. Su estremecimiento.
Ella cabalgaba sus dedos. Justo allí en la piscina.
Me volví hacia Nico. Me guiñó un ojo. Luego nadó detrás de Sofia y envolvió sus brazos alrededor de su pecho. Una mano le acarició el pecho. La otra se deslizó bajo el agua. Ella se arqueó hacia atrás contra él con un gemido sucio.
Tasha se reía. Sus pezones sobresalían. Sus piernas rozaban las mías.
Y yo estaba empapada, pero no por la piscina.
Me moví hacia el borde. Subí. Me senté en el azulejo caliente con las piernas colgando.
Fue entonces cuando lo sentí.
A él. Su mirada.
Mi columna se enderezó. Mis pezones se endurecieron. No necesitaba mirar, pero lo hice.
Allá arriba, en el balcón del segundo piso, estaba Damon apoyado en la barandilla.
Desnudo de nuevo. Engreído, peligroso. Inmóvil. Solo mirando.
Sus ojos fijos en mí como la mira de un francotirador. Como si pudiera ver mi coño apretándose a través del agua. Como si pudiera oler lo que se filtraba de mí.
Debería haberme cubierto, pero no lo hice.
Arqueé mi espalda un poco. Abrí mis rodillas solo un poco. Dejé que mirara.
Lo quería duro.
Lo quería furioso.
Lo quería aquí abajo con su mano en mi garganta y mi cuerpo inclinado sobre la silla más cercana.
La piscina explotó con gemidos.
Sofia estaba siendo manoseada fuerte ahora. La mano de Nico trabajaba bajo el agua mientras su cabeza se echaba hacia atrás, boca abierta, tetas rebotando.
Violet estaba frotándose completamente contra el pene de Romano. Podía verlo a través del agua. El movimiento. La tensión. La forma en que sus tetas golpeaban contra su pecho. Sus gemidos eran reales.
Tasha se rio de nuevo, luego nadó hacia mí, sus pechos rebotando en el agua, su lengua saliendo para saborear sal o sexo o ambos.
—¿Estás bien? —preguntó, agarrando el borde junto a mí.
Asentí, apenas respirando. Su mano encontró mi muslo bajo el agua.
—Estás temblando —susurró.
La miré. Luego miré hacia arriba.
Damon seguía allí. Mirando.
Tasha no siguió mi mirada. No se dio cuenta.
Sólo se inclinó cerca. Su voz era un susurro ronco.
—Quieres que te follen tanto, ¿verdad?
No pude hablar.
Ella deslizó sus dedos más arriba, pasando mi muslo, por debajo de mi traje. Directo a mi entrepierna.
Me sacudió un escalofrío. Ella no se detuvo.
—Lo sabía —se rio—. Estás empapada, y no es por la piscina.
—Tasha…
—Shh —susurró, sus dedos acariciando—. Solo por un segundo, déjate llevar.
Y lo hice.
Me corrí con un suspiro. Un sonido suave y quebrado que se desvanecía bajo el sol.
Ella besó mi mejilla y se rio de nuevo.
—Te dije que este verano nos arruinaría —expresó.
Y cuando miré hacia arriba,
Damon se había ido, pero sabía que... la próxima vez,
No estaría mirando. Estaría haciendo.
Y me haría venirme tan fuerte que olvidaría mi nombre.