Deseo Prohibido
~Lyra~
Nunca tuve la intención de acostarme con el padre Alfa de mi mejor amiga, pero sería una maldita mentirosa si dijera que no lo había imaginado.
O soñado con ello.
Sentido detrás de mis párpados cerrados con las piernas abiertas y mis dedos húmedos entre mis muslos.
Sí. Sé cómo suena eso, pero no me arrepiento.
Porque toda chica tiene su primer enamoramiento.
El mío resultó ser un hombre que podía matar con sus manos desnudas, comandar un ejército de lobos y hacer que mis muslos temblaran solo con entrar en una habitación.
Damon Thornvale.
Alfa. Multimillonario. Bestia en piel humana.
Y el hombre que me hizo llegar al orgasmo por primera vez sin siquiera tocarme.
Solía tocarme al sonido de sus pasos.
El profundo resonar de su voz.
La forma en que decía mi nombre... Lyra... como si fuera suyo. Como si yo le perteneciera.
Y tal vez lo hacía.
Era un poco más joven la primera vez que me corrí pensando en él. No recuerdo qué edad tenía, pero sé que era completamente consciente de cómo me sentía.
Encerrada en el baño de Tasha con las luces apagadas, las bragas a un lado, mi espalda arqueada y mi cara enterrada en una toalla para que nadie pudiera oírme gemir.
Lo había visto sin camisa ese día. Solo una vez. Un vistazo en el pasillo.
No podía dejar de pensar en cómo se elevaba su pecho cuando respiraba.
El corte de sus caderas. La forma en que me miró... como si supiera.
Como si supiera que ya estaba mojada.
Que ya era suya.
Mordí la toalla y metí dos dedos dentro.
Me corrí en treinta segundos.
Y luego otra vez.
Y otra vez.
Era adicta a un hombre el doble de mi edad. El padre de mi mejor amiga. Un dios entre monstruos.
Y me importaba una mierda.
Cada verano que pasaba en Thornvale, lo observaba en silencio. En secreto. Mis piernas siempre cruzadas. Mis bragas siempre húmedas. Porque incluso siendo adolescente, entendía lo que Damon Thornvale era.
No solo estaba fuera de mi alcance.
Era prohibido.
Pecado con un m*****o del tamaño de mi maldito antebrazo y una voz que hacía que mi intimidad revoloteara.
No era mío, pero quería que me arruinara.
No quería suavidad. No quería lentitud.
Quería que me doblara sobre la mesa del comedor mientras las criadas miraban.
Quería que me follara en la ducha lo suficientemente fuerte como para que Tasha lo oyera.
Quería que me hiciera gritar “papi” mientras me llenaba tanto que no pudiera caminar.
No quería ser amada.
Quería ser usada.
¿Y ahora?
Tengo dieciocho. Soy legal, atractiva...
Y estoy de vuelta en el lugar donde todo comenzó.
La finca Thornvale.
Donde las paredes recuerdan cada sueño húmedo.
Donde los pisos recuerdan cada carrera descalza hacia la habitación a la que no me permitían acercarme.
Donde el aroma de él aún persiste: cigarros, sangre, sudor y sexo.
Las puertas se cerraron detrás de mí con un sonido que hizo que mi columna se pusiera rígida.
Clang.
Como un ataúd. Apreté mi bolso con más fuerza.
—¡LYRA!
Su voz rompió los pensamientos en mi cabeza. Y entonces ahí estaba ella... Tasha Thornvale, mi mejor amiga, en toda su caótica gloria bañada por el sol. Cabello rubio alborotado. Labios con brillo.
Piernas largas y desnudas en diminutos shorts rosados que abrazaban su trasero como una segunda piel. Bajó corriendo las escaleras, descalza, con los pechos rebotando como si quisieran escapar de su camiseta.
Se me secó la boca.
Sus pechos eran más grandes que el año pasado. Llenos. Redondos. Perfectos.
No llevaba sostén. Por supuesto que no.
Sus pezones estaban duros por el viento y su sonrisa era traviesa.
—Dios mío, ¡cómo has crecido! —chilló, abrazándome en un gesto que olía a perfume, cloro de piscina y secretos. Sus tetas se apretaron justo contra las mías—. ¡Ahora tienes pechos!
Me reí. Me sonrojé. Traté de no mirar cómo los suyos rebotaban cuando se echó hacia atrás y abrió los brazos.
—¿Qué? El año pasado estabas más plana que mi iPad. ¡Mírate ahora!
Giró en su lugar como un hada borracha, luego se dio una palmada juguetona en el trasero. —Vas a hacerme la vida imposible, ¿verdad?
—Cállate —murmuré, el calor subiendo a mis mejillas mientras me colocaba un rizo detrás de la oreja, pero estaba sonriendo.
Porque por un segundo, casi se sentía como si todavía fuéramos niñas.
Todavía robando vino de la bodega.
Todavía espiando en pasillos prohibidos.
Todavía fingiendo que no sabíamos lo que había detrás de esa puerta al final del ala oeste.
—Vamos —dijo, agarrando mi mano y tirando de mí hacia la mansión—. Papá remodeló toda la casa. Ahora es una locura.
Sus tetas rebotaban con cada paso. Sus shorts subían más con cada movimiento de sus caderas.
—Como... sofás de cuero. Pisos de mármol. Nuevos guardias que parecen tener sexo con sus armas aún puestas.
Parpadeé.
—Suena... intenso.
—No tienes idea —dijo, sacudiendo su cabello—. Sofás tan profundos que te ahogarás en ellos. Y la piscina... —Se detuvo, se giró, agarró sus tetas y las sacudió—. La piscina es tan sexy que me puso los pezones duros.
Me atraganté.
—Tasha...
—¡Mira! —se rio, cubriendo sus pechos y apretándolos—. Diamantes permanentes, cariño. Papá lo hizo “estético” o lo que sea. Azulejos negros. Luces bajo el agua. Sin reglas. La semana pasada hice una mamada en un flotador. Vas a tener el mejor jodido verano.
Dios mío.
Su risa resonó en el patio mientras me llevaba hacia la imponente mansión negra.
Thornvale.
Tres pisos de peligro vestidos en ángulos afilados.
Había guardias en la puerta. Grandes, inexpresivos.
Observando.
Sentí sus ojos recorrer mis piernas. Mi pecho. Mi rostro.
No miré atrás, porque ya sabía dónde estaba la verdadera amenaza: dentro.
Las puertas principales se abrieron con un sonido como si se succionara el aliento de una tumba.
El aire frío golpeó mi piel y endureció mis pezones debajo de la sudadera. La atmósfera olía a menta, humo y cuero.
Y algo más oscuro aún…
Alfa.
Él.
Apreté los muslos.
No. No ahora. No frente a ella, pero, Diosa, la casa olía a él.
Como sus sábanas. Como sudor y sexo y sangre.
La seguí más adentro. Pasamos los candelabros, las alfombras negras y las pinturas al óleo de lobos con sangre goteando de sus mandíbulas.
—Este lugar no es una casa —susurré.
Ella me miró por encima del hombro.
—Es un maldito reino —terminé.
Tasha sonrió con picardía.
—Sí. Y papi es el rey. Lo que significa que más te vale comportarte. —Guiñó un ojo, lamiendo el brillo de su labio inferior—. A menos que quieras que te castigue.
Casi se me doblaron las rodillas. Ella no lo decía de esa manera, pero mi coño se tensó de todos modos.
Abrió una puerta.
—Este es tu cuarto.
El espacio parecía irreal: cremas, sedas, velas, una cama grande y una vista abierta al patio; todo emanaba lujo, una opulencia que rozaba lo obsceno. Y fue entonces cuando lo vi, a través de la ventana: espada en mano, sin camisa, músculos brillando al sol como si estuvieran cubiertos en aceite y rabia. Damon. El Alfa. El Rey de esta pesadilla maldita.
Su cuerpo se movía como un arma; cada golpe de la espada era brutal, cada giro de su torso, pornográficamente perfecto. Me mordí el labio con tanta fuerza que sangré, y entonces, como si lo hubiera invocado, se giró y me vio. Nuestras miradas se cruzaron. Azul. Un maldito azul como congelación, como castigo, y luego… sonrió. No fue una sonrisa cálida ni amable, sino una mueca helada que me arrancó el aliento.
Retrocedí tambaleándome de la ventana como si me hubieran arrancado el alma. Tenía los muslos empapados, el pecho subiendo y bajando en oleadas y las bragas completamente arruinadas.
—Tasha… —jadeé, pero ella no respondió.
Me giré y ya no estaba. Desaparecida. Como si la casa misma se la hubiera tragado. ¿Y ahora? Ahora estaba sola, con su aroma recorriéndome la columna, con mi coño contrayéndose como si suplicara por una polla que aún no había visto, con el fantasma de esa sonrisa haciéndome caer de rodillas.
Me alejé de la ventana, necesitaba respirar, cambiarme, meterme los malditos dedos dentro antes de gritar, porque si Damon Thornvale no me follaba pronto, me iba a volver loca. ¿Y la peor parte? Lo permitiría. Con gusto.
Llevé la mano entre mis piernas solo para comprobar. Estaba goteando. Joder, fue rápido. Y ni siquiera me había puesto un maldito dedo encima. Todavía no, pero lo hará.
Porque este verano… no voy a salir de Thornvale sin ser tocada. Él va a follarme. A atarme. A dejarme preñada. A hacerme gritar su nombre con lágrimas en las mejillas y su semen saliendo de mí en oleadas gruesas e interminables.
¿Y cuando termine? Voy a arrastrarme de regreso por más.
Esto no es una historia. Es una advertencia.
Estás a punto de entrar en un mundo donde las chicas se arrodillan ante el papá de su mejor amiga y suplican ser usadas como putas sucias y desesperadas. Si no quieres correrte, cierra este libro.
Porque cuando Damon termine conmigo… tú también vas a estar empapada.