Capítulo 5

2212 Words
Y rápidamente lo que se suponía que sería sólo una semana se transformó en un mes. Todos los días veía a Giovenni, quien, de manera más notoria a cada día que pasaba, intentaba lograr algo conmigo. Y cada día me encontraba con la incapacidad de rechazarlo, porque no importaba lo que dijera, él seguía intentando. Él simplemente no estaba dispuesto a aceptar mi rechazo y no sabía qué más hacer. Walter estaba tan feliz viendo las ganancias del restaurante ahora que Giovenni lo visitaba constantemente, y más feliz aún porque él había estado atrayendo nuevos clientes con la misma capacidad de gasto. Me sentía con las manos atadas y una parte de mí sentía que nunca tuve posibilidad de decidir, porque él se metió en mi vida y en la de la gente a mi alrededor sin importarle lo que tenía que decir al respecto. Mejoró la vida de Walter, mejoró la vida de mis hermanos, mejoró, incluso, la vida de Johnny y su familia como “agradecimiento por todo lo que habían hecho por mí”. ¿Cómo podía quitarles eso? Mejor dicho: ¿acaso podía quitárselos? ¿Era mi incomodidad un precio tan alto a pagar realmente? Y, por otro lado, también estaba Zaid. El hombre que no le sonreía a nadie más que no fueran mis hermanos. Y ellos lo adoraban. Aunque Giovenni había logrado meterse en sus corazones con todas las salidas y regalos que pagaba para ellos, haciendo toda su vida mucho mejor que la que llevaban con mi intento de mantenerlos, era Zaid quien se dedicaba a jugar con ellos. Se dedicaba a entender cada juego nuevo que llegaba y a enseñarles a usarlo, si es que era muy complejo. Les daba constancia y cariño. Alejar a Giovenni era alejar también a Zaid de sus vidas, por lo que no sólo les estaría privando de cosas materiales, sino de alguien a quien ellos realmente habían aprendido a querer, alguien a quien mis hermanos realmente querían en sus vidas. Y al final estaba yo. Yo, que no sabía qué hacer y que estaba tan conflictuada entre mi necesidad de libertad e independencia y la felicidad de quienes me rodeaban. Porque quien dice que el dinero no compra la felicidad no sabe de lo que habla. No te hace feliz, pero te ayuda a vivir lo suficientemente tranquilo como para intentar dedicarte a encontrar la felicidad. Ahí estaba yo, que quería alejar a Giovenni de mi vida, pero no quería alejar a su hijo, aunque ambos venían juntos. Yo, que estaba entre la espada y la pared y comenzaba a sentir que la espada se estaba abriendo espacio contra mi pecho. Yo, que decía que Zaid se había ganado a mis hermanos cuando, al mismo tiempo, me había logrado atraer también a mí con todos sus misterios y sus ires y venires. —¿Joel? —respondí en la soledad de la cocina, habiendo recién terminado mi jornada de trabajo. En cuanto vi su nombre en mi teléfono se formó un nudo en mi garganta que no sabía si era porque lo extrañaba como una loca o porque él me recordaba otros tiempos. O ambas cosas. —Hola, Riss —dijo con voz dulce desde el otro lado de la línea—. ¿Cómo estás? Te he echado de menos. Solté una risa temblorosa y me quise golpear a mí misma por no haber sido capaz de contarle nada de lo que estaba pasando en mi vida. —Estoy bien —respondí en un hilo de voz—. También te he extrañado mucho. ¿Cómo has estado tú? ¿Cómo va Francia y los estudios? Él suspiró. —Bien, supongo. —Podía imaginarlo encogiéndose de hombros y desordenándose el cabello—. Me ha ido bien en las clases, ya me manejo bien por la ciudad, pero… Pero creo que todo sería mejor si tú estuvieras aquí. Me mordí el labio, conteniéndome. —Digo lo mismo —murmuré tragando saliva y mirando las baldosas pálidas—. Va demasiado tiempo sin verte. Escuché una risa amarga. —Nueve jodidos meses desde la última vez que nos vimos. Apreté los labios y miré hacia arriba, respirando profundo para disminuir lo mucho que me estaba empezando a doler la cabeza. —Sí… Ha sido… difícil. Nos quedamos en silencio mientras yo sólo intentaba sofocar el nudo en mi garganta. Dolía. Dolía mucho. Tenía ganas de pedirle que me rescatara, que viniera por mí e hiciéramos nuestra vida juntos, pero ¿cómo podía quitarle la oportunidad que estaba teniendo? ¿Qué podía ofrecerle yo? Sólo podía ofrecerle problemas y el tener que hacerse cargo de cosas que no tenían por qué caer sobre él, como cuidar de mis hermanos e incluso cuidar de mí. ¿Y cómo podía llevarme a mis hermanos a un país con un idioma nuevo para los tres, sin tener el dinero suficiente como para rentar un espacio donde pudiésemos estar los cuatro? Joel era un estudiante todavía y la beca era para él, no para nosotros. Podía rentar mi casa e intentar vivir con eso por un tiempo, pero ¿era de verdad suficiente? Mis hombros cayeron al darme cuenta de que no podía arrastrar a nadie conmigo y que tenía que saber salir de esto sola. —Riss —susurró de pronto, haciéndome sentir peor, porque no podía tenerle, pero mejor, porque su voz siempre me recomponía. —¿Sí? —Te quiero —dijo aterciopelado, acariciando mis oídos, mis terminaciones nerviosas y, sobre todo, mi corazón. Miré hacia arriba y me tapé la boca, sofocando el primer sollozo que no pudo salir y clavándome una daga en la cabeza en el intento. —Yo también te quiero —contesté a punto de llorar. —Desearía estar ahí para abrazarte —siguió, haciendo que mi corazón se sacudiera entre el amor y el más profundo dolor—. Desearía besarte en este preciso momento, limpiar tus lágrimas y decirte que todo estará mejor. O despertar contigo, cocinar contigo, vivir el día a día contigo como cuando estábamos cerca. Como esos pocos días en los que fuimos nosotros contra el mundo. Esos recuerdos me dan la fuerza necesaria para seguir intentando hacer un mejor futuro para ambos, con tus hermanos incluidos. —No sigas, por favor —rogué en un murmullo casi inaudible, sintiendo que me desmoronaba más y más con cada palabra. Él volvió a suspirar. —Lo siento —dijo con voz ronca—. Debo… debo colgar. Intentaré llamarte pronto. Te extraño, Riss. Te extraño mucho. Y ya no pude contener el sollozo que desencadenó el resto. —Yo también te extraño, no sabes cuánto —respondí con la voz cortada—. Esperaré ansiosa tu llamada. —Cuídate, ¿sí? —murmuró con voz tierna—. Sueña conmigo, tal y como yo sueño contigo. Solté una pequeña risa trémula. —Lo haré —asentí, secándome las lágrimas—. Cuídate también, por favor. —Lo haré. Adiós, Riss. —Adiós… Guardé lentamente el celular en mi bolsillo, dejando la cabeza gacha, intentando calmarme un momento. Me sentía tan culpable por no contarle las cosas que estaban sucediendo, pero tampoco quería preocuparlo ni darle razones para hacer algo estúpido e impulsivo, como dejar sus estudios para venirse conmigo, tal como lo había ofrecido muchas veces en los dos años que habían pasado. Aunque era cada vez menos, probablemente porque ya se había dado cuenta de cómo eran las cosas. Ambos habíamos madurado un poco más y, si yo a mis veinte años había entendido un poco más esta vida, suponía que él lo había hecho también. Aunque nuestras circunstancias eran muy distintas. Joel todavía tenía sueños que no necesariamente se condecían con la realidad, mientras que yo tenía que recordar siempre el orden de las cosas para no terminar en el suelo frente a las decepciones. —¿Clarisse? —dijo una voz de pronto, sobresaltándome. Alcé la mirada, sorprendiéndome al ver quién se erguía frente a mí. —Zaid —murmuré débil, sorbiéndome la nariz y limpiando los vestigios de lágrimas que quedaban en mis mejillas—. ¿Qué pasa? Él meneó la cabeza, como si algo le incomodara. —Mi padre quería saber si estabas bien —respondió por lo bajo, manteniendo la distancia—. Ya sabes, como te has demorado un poco. Suspiré y desvié la mirada. —Sí, estoy… bien. Él se aclaró la garganta suavemente, haciéndome mirarlo. —No me gusta ver a la gente llorar —susurró con una mirada turbia, observándome fijamente. Fruncí levemente el ceño. —¿Eso qué debería significar? —dije confundida. —Que no quiero que llores —respondió tragando saliva, apretando la mandíbula. Solté una corta y desganada risa. —Yo tampoco quiero hacerlo —contesté casi para mí misma, volviendo a mirar mis pies, manteniendo la mirada ahí, fija, y perdiéndome momentáneamente en mis pensamientos. Eso, hasta que un par de brillantes zapatos de cuero n***o se detuvieron frente a mí. Pero, aun así, no levanté la mirada. No tenía fuerzas. Lo último que supe, fue que mi rostro estaba enterrado contra una camisa blanca y que mi cuerpo era rodeado por un par de brazos que me parecían demasiado cómodos para mi gusto. Pero no me moví, no intenté alejarme, a pesar de todas las contradicciones que se dispararon en mi cabeza. Simplemente me quedé ahí, decidiéndome a rodearlo también con mis brazos, cerrando mis ojos y respirando acompasadamente, intentando alejar mis penurias por un momento mientras él me estrechaba con fuerza, cálidamente. Suspiré contra su pecho, recargándome más contra Zaid, y él pareció tensarse, alejándome sutilmente. —Mi padre debe estar hecho un manojo de nervios —dijo con voz ronca, como molesto, volviendo a su típica apariencia seria y lejana—. Mejor vámonos. Asentí con la cabeza, demasiado confundida con su cambio de actitud como para hacer algo más, siguiéndole en silencio hacia la salida, la que él se encargó de cerrar. —Al fin —dijo Giovenni, esbozando una gran sonrisa al verme entrar al auto. —Disculpa la demora —le dije intentando devolverle el gesto y volviendo a fingir que todo estaba bien—. No encontraba las llaves del candado. Él tomó mi mano, provocándome una ráfaga de incomodidad que llegó a todo mi cuerpo. —No te preocupes, Clarisse —respondió a la vez que el auto partía, escuchándose sólo nuestra conversación—. Creo que nadie se podría enfadar contigo. Sonreí débilmente, asintiendo en silencio con la cabeza, intimidada. —Ya sabes dónde ir, Marcelo —dijo Salvatore, el hermano mayor de Zaid, también presente en el auto. Todavía no me acostumbraba a estar siempre rodeada de hombres. —¿Sabes, Clarisse? —dijo Giovenni de pronto, llamando la atención Salvatore y la mía. Zaid, por su parte, estaba absorto mirando por la ventana. O quizás simplemente no le interesaba escuchar—. Mañana, cuando estés más descansada, me gustaría conversar algo contigo. Se me revolvió el estómago. —Está bien —respondí suave, recibiendo una rápida mirada por parte de Zaid, quien, de todas formas, no dijo nada. De ahí en adelante, el camino se mantuvo en silencio hasta llegar a mi casa, donde las luces se mantenían apagadas. Bostecé sutilmente, me despedí de todos y me bajé colgándome el bolso al hombro. Me sentí aturdida por un momento cuando noté que Giovenni me siguió. —¿Pasa algo? —Se me había olvidado decirte a qué hora pasaré por ti —contestó con una gran sonrisa—. ¿Puede ser a las cuatro? Hice una pequeña mueca. —¿Te molestaría… que conversáramos en mi casa? No tengo con quién dejar a los chicos los fines de semana y solemos aprovechar de salir a dar una vuelta por el parque. Su sonrisa se transformó en una mirada de ternura que me hizo desviar la mía. No quería eso de él. —Estoy seguro de que a Zaid le encantaría hacerlo por ti —propuso alzando las cejas. Parpadeé seguido. No porque creyera que a Zaid le molestara, sino porque no entendía cómo podía disponer del tiempo ajeno sin duda alguna. —No quisiera molestarle. —Meneé la cabeza, mirando a Zaid por el rabillo del ojo, quien estaba justo en la ventana cercana a nosotros. Giovenni se volteó, golpeó el vidrio y Zaid lo bajó de inmediato. —¿Qué? —¿Te molestaría salir con los hermanos de Clarisse mañana mientras conversamos? Sus ojos se posaron en los míos un par de segundos y rogué para que entendiera lo poco que quería conversar a solas con Giovenni. Pero no funcionó. —No, no me molesta —se limitó a decir. Giovenni me miró sonriente y Zaid volvió a subir el vidrio sin decir ninguna palabra más. —¿Ves? Te lo dije. —Sí… —Entonces, ¿qué dices? Suspiré y sonreí de lado, sabiendo que no podría librarme de esto. —Está bien —respondí resignada—. Nos vemos mañana. —Nos vemos mañana. Besé su mejilla y me encaminé a la casa de Johnny para recoger a mis hermanos, teniendo una muy mala sensación de todo esto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD