—Está bien, Neil. Tú eres el jefe —dijo Dominic, con un tono cargado de sarcasmo. —Maldita sea —murmuró Neil antes de colgar el teléfono. Tenía que admitirlo, Dominic tenía razón: no estaba actuando como él mismo. Ser un tiburón empresarial estaba en su naturaleza, sí, pero también lo estaba ser un asesino... en el sentido corporativo de la palabra. Desde fuera, cualquiera pensaría que Neil tenía una vida perfecta. Pero ser Neil Townsley no era tan fácil como parecía. Llevar el apellido Townsley era un honor, pero también una pesada carga. No es que odiara su vida —diablos, había nacido para esto—, pero ser hijo del fundador de Townsley Consultants, la firma de consultoría empresarial más grande del mundo, traía consigo una presión que conocía desde que tenía uso de razón. O incluso an

