La cabeza de Neil daba vueltas mientras la luz del sol entraba a raudales por las persianas y le golpeaba directamente el rostro. No levantó la cabeza de la almohada ni abrió los ojos mientras deslizaba la mano por la cama, buscando a tientas su teléfono. Tras revolver entre las almohadas y la manta enredada sin éxito, cedió con un suspiro profundo que brotó desde su vientre. Se giró con esfuerzo para mirar la mesita de noche y, en cuanto lo hizo, se arrepintió. Moverse tan rápido solo empeoró la punzada de dolor que le atravesó la cabeza. Su teléfono tampoco estaba allí, pero el reloj despertador barato le mostró una verdad que lo hizo maldecir en voz baja: 11:32. Se incorporó de golpe, esta vez sin importarle las secuelas del alcohol. ¿Cómo demonios había terminado durmiendo hasta tan

