Decenas de preguntas bombardearon a Claire desde todos los rincones de su cerebro. Todas saltaban y suplicaban atención al mismo tiempo. —Marie —llamó una enfermera que sostenía un portapapeles, asomada en la puerta abierta. Le indicó con un gesto que se acercara. —Esa soy yo —dijo Marie, agarrándose de los reposabrazos antes de incorporarse con esfuerzo. Claire hizo el amago de ayudarla, pero dejó caer las manos en su regazo. No sabía por dónde empezar. ¿Y si terminaba lastimándola en lugar de ayudar? Marie se puso de pie por su cuenta y deslizó de nuevo el teléfono entre su enorme escote. Varias mujeres la observaron marcharse, con expresiones que oscilaban entre respeto y miedo. El nombre de Claire fue llamado a continuación y casi salió corriendo de la habitación. La enfermera —

