William La puerta sonó justo cuando estaba volviendo a leer el expediente por tercera vez, sin ver ya las palabras. Pensaba en Mari. En si debía contarle. En lo que podría pasar si no lo hacía. —¡Voy! —grité desde la cocina. Era Steve. Venía con esa sonrisa de niño travieso que tan bien conocía, y una caja decorada con moños horteras. —¿Tu madre está? —preguntó, alzando el regalo—. Le conseguí un viaje a un balneario. Nada de lujo, pero dicen que mejoran las cervicales. —No está, fue con una vecina al cine, pero le encantará. Se lo daré yo —dije, tomando el paquete. Me observó un instante, frunciendo el ceño. —¿Tú estás bien? —Claro. Solo… —dudé. Me pasé la mano por la cara—. Estoy a punto de hacer una estupidez y no sé cómo decírselo a Mari. Steve se dejó caer en el sofá, sin inv

