Mari Cuando William me lo dijo —«No voy a involucrarte»—, no supe si abrazarlo o gritarle. En realidad, lo supe perfectamente: quería hacer las dos cosas al mismo tiempo. No era la primera vez que este caso me hacía temblar por dentro. Pero esta vez... esta vez dolía distinto. Había una punzada más honda, más oscura. Más peligrosa. Quizá porque volvió a mi mente un nombre que durante meses no pude quitarme de encima: Joaquín Martín Abascal. Un hombre meticuloso, veterano, moldeado a golpes en comisarías grises y pasillos sin ventanas. El primer inspector que se atrevió a tirar del hilo en el caso de aquella chica torturada hasta la muerte. Y entonces, una noche, su coche se estrelló contra un pilar de la M-40. El informe oficial hablaba de exceso de velocidad. Ningún testigo. Ninguna c

