Rosalba regresó a su casa a la hora del almuerzo, con un paso ligero y una sonrisa que no podía borrar de su rostro. Todavía podía sentir el calor de la mirada de Guillermo y su sonrisa confiada. Decidida a aprovechar este momento que creía propicio, se dirigió directamente a su habitación, seleccionando el vestido más elegante y atractivo de su armario. El rojo carmesí que eligió resaltaba su piel clara y sus curvas. Se arregló el cabello, se puso un delicado perfume y se miró en el espejo, satisfecha con lo que veía. Pero justo cuando estaba a punto de salir de la casa, la pequeña hija de Yadira, quien estaba, entró corriendo a la habitación, sosteniendo un envase de yogur. En su entusiasmo infantil, tropezó, derramando el contenido del envase sobre el vestido recién puesto de Rosalba.

