Enngel
El alegre sol entraba por los grandes ventanales, iluminando la colorida sala, opuesta a la primera. Tres días después del accidente, decidí quedarme en la mansión con la esperanza de que Emerson despertara en cualquier momento. Tenía muchas dudas sobre su ausencia y las cartas que me dejó.
Ante tal situación, la más afectada era Aslie; casi no había salido de su habitación y no fue a trabajar en los últimos tres días. Además, su esposo no había regresado.
Olga salía por las mañanas y llegaba solo a dormir. Por su parte, Ediel ahora estaba trabajando entre los negocios de su padre y la firma. Siempre amó la abogacía. Emerson nos sugirió a ambos estudiar negocios, pero decidimos cosas diferentes. Él y Olga eligieron las leyes, aunque ella interrumpió sus estudios. Al final, yo abandoné la arquitectura y terminé estudiando negocios, pero mi principal trabajo y pasión siempre fue la pintura, y la de Ediel, las leyes.
Planeaba regresar a York por unos días. Debía visitar mi taller y terminar algunas pinturas, principalmente la del señor Brown, quien me llamaba cada día. Para mí era indispensable seguir trabajando, no solo por los encargos y la exposición que tenía en siete meses, sino porque pintar era mi escape, la forma de sacar la ira, la tristeza y cada emoción que tenía atorada.
Paseé por la sala mirando hacia el jardín, mientras rechazaba los pocos compromisos de trabajo que había considerado para los próximos seis meses.
—Recibí un correo de Old-Art y noto que la cita es para mañana. No creo que pueda presentarme —dije al teléfono.
—Señorita Green, si quiere cambiar la fecha, puedo reagendar. Estamos interesados en trabajar con usted.
—No. ¿Puede comunicarme con su jefe? Me gustaría disculparme personalmente.
—No es posible, señorita. Mi jefe no habla con nadie; él se mantiene en el anonimato.
—Eso no es posible. Yo lo conozco...
—Me temo que está...
—Gracias, señorita. —Colgué cuando vi a Odette entrar con cara de preocupación e Irving de la mano.
Me acerqué a ellos, preguntando qué pasaba. Ella usaba un vestido marrón con su estilo de siempre. Irving estaba con el uniforme del colegio y la mirada en el piso.
—Ay, señorita... tengo mil cosas por hacer. Sin Alfred, la casa es un desastre.
El mayordomo tomó dos días para ir a ver a su familia.
—Descuida, dime qué pasa. ¿Y por qué Irving no está en la escuela?
—El señor Ediel salió más temprano y no pudo dejarlo, como los últimos días. Mandó a Iker, pero el niño no quiso salir.
—Pero es la escuela, Irving. Es un deber asistir... —me dirigí a él.
—Está acostumbrado a irse con su madre o su tío. Solo habla con ellos, a veces conmigo, ni siquiera con el joven Owen habla.
—No hay que presionarlo.
Odette era muy parlanchina cuando Alfred no estaba para reprenderla. Y casi siempre estaba exclamando ayes de sorpresa o queja.
—Alfred regresa hoy y ha dado un menú especial. No sé si alguien viene. Tengo que comprar algunas cosas y pasar a pagarle a los cuidadores de la casa de campo...
—Déjame ayudarte con el pago de la casa de campo. Puedo llevar a Irving conmigo —dije. El niño apretó más la mano de Odette.
—Se lo agradezco, señorita.
—Podemos ir a ver caballos, Irving... ¿No te gustaría?
—No se preocupe, después le tomará confianza.
Asentí. La sirvienta dijo que buscaría cambio para Irving. Yo también quise ir a mi habitación a cambiarme las sandalias por unos sneakers. Siempre prefería lo cómodo sin dejar de verme bien, a mi estilo: sencillo. Sonó el timbre y me ofrecí a abrir. La pobre Odette se veía apurada.
Fui a la entrada y abrí la puerta de madera. Mi cara de sorpresa no se comparaba a la de la persona que tocó.
—Hola, no sé si me recuerdas. Agatha Wilson —dijo. Estaba hermosa en un vestido blanco al cuerpo.
—Sí, claro.
—Estoy buscando a Ediel...
—Ah, Ediel no está en casa...
Ella pareció dudar de mi respuesta. «¿Por qué le mentiría?»
—Puedes pasar y esperarlo —le propuse. Parecía el tipo de mujer con el que mi exesposo solía salir.
—Yo me comunicaré con él después.
Se despidió amablemente, cerré la puerta y fui directo a mi habitación. Hacía el cambio de zapatos, mientras pensaba en el regreso de Alfred. Él me despejaría muchas dudas sobre las cartas; la de mi mamá aún no la leía. Quité el suéter para quedarme en una blusa de hombros descubiertos y manga larga. Me levanté de la cama con prisa cuando la puerta de mi habitación se abrió de repente, dejando ver a Ediel, quien entró como si fuese su cuarto. «¿No se suponía que no estaba en casa?»
—Cuando no es tu habitación, se toca primero —dije con sarcasmo.
—¿Quién viene a casa? —Ignoró mis palabras.
—No sé.
—No te creo... Es obvio que Alfred te da más explicaciones a ti que a nosotros.
—Ni siquiera he hablado con Alfred —aseguré. Él hizo su típica mirada de “No te creo”. —Tal parece que el nuevo concepto en el que me tienes es de mentirosa.
—Desde que llegaste ocultas cosas y...
Ediel se acercó más cuando yo di dos pasos adelante. Al parecer, cada día había algo nuevo en mí, porque cada vez que estábamos así de cerca se dedicaba a recorrerme el rostro con su mirada.
—¿Y...? —inquirí mirando sus intensos ojos grises.
—Todavía no puedo creer que estés aquí...
—Vaya, ahora entiendo por qué me ves así.
—No te creas, Enngel. Lo menciono porque dijiste que nada te haría volver mientras yo estuviera aquí.
—Eso fue cuando eras importante.
Ediel apartó la mirada y dio dos pasos atrás; adoptó esa expresión seria y calmada. En el pasado, solía ser complaciente con él: primero, una amiga comprensiva y luego, una esposa entregada. Ahora no merecía nada de mí, ni siquiera odio, porque sería darle importancia. Aunque sí, había sido empática por la situación que estaba atravesando. A pesar de su no tan buena relación con Emerson, era su padre, y ambos se querían.
—Ojalá te dure el carácter, Enngel. —Caminó hacia la puerta.
—Créeme, esta Enngel es permanente —aseguré.
Él salió de la habitación; segundos después, yo bajé. En la primera sala estaba Ediel con su sobrino y Odette. Ella guiaba a unos hombres que entraban con algunos cuadros envueltos en papel cartón.
—Señorita Enngel, estos cuadros son para usted —la mujer me entregó una tarjeta.
Osle me mandó los cuadros para que no tuviera que ir por ellos a York. Poco habíamos hablado los últimos días; ella estaba muy ocupada con su trabajo.
—Son muchos… —comentó Odette.
—Lienzos sin terminar —respondí.
—Iré a ver a Aslie; sube su almuerzo, por favor —Ediel se dirigió a la sirvienta. Ella asintió.
Él se marchó con Irving de la mano. Los hombres preguntaron dónde dejar los cuadros y yo quise subirlos a mi habitación para evitar ocupar más espacio en la casa. Odette me interrumpió y guio a los hombres hasta una pequeña habitación después de la segunda sala. En aquel lugar, mamá solía diseñar cuando no estaba en su habitación; siempre estaba lleno de planos que no llegaron a nada.
—Me encargaré de los mandados —dijo Odette.
—Pasaré a la casa de campo.
Me retiré y fui a la casa de campo en el coche que Emerson me dio en el hotel. En el camino, llamé a Osle, pero no me respondió. Yo no era una persona de muchas amistades y Osle era la persona más cercana que tenía, aunque había tenido otras relaciones.
El hombre que cuidaba la casa me recibió con una sonrisa. Me preguntó por el dinero y se disculpó por ser tan apresurado, pero aclaró que lo necesitaba. En ese momento, caí en cuenta de que Odette no me pasó el dinero y tuve que hacer un cheque para el señor. Después, pasé a ver los caballos, y se veían saludables y bonitos. Otro que también lucía fantástico era el hermoso Capuchino, que me lamisqueó toda. El ambiente era muy tranquilo, perfecto. ¡Perfecto para pintar! Podía considerarlo: si los hermanos Harper se paseaban por la casa, no me dejarían concentrar en mi trabajo, así que la casa de campo era una gran idea.
Me despedí de Capuchino y volví a la mansión, no sin antes pasar por un restaurante y almorzar pollo picante. Lo comía a cualquier hora y lo amaba tanto como la pasta.
Cuando llegué a la mansión, Alfred ya estaba ahí. Quise hablar con él, pero me dijo que vendría alguien a casa y era importante hacer presencia. Antes de que cayera el sol, bajé a la primera planta, donde estaba solo Alfred. No sabía qué tipo de visita sería, por lo que opté por un vestido sencillo que Osle me regaló en mi exposición pasada. Me senté en el sofá esperando. Olga bajó, hermosa como siempre, en un vestido n***o; luego Ediel, en un traje azul a cuadros, bastante elegante.
Ediel dijo que Aslie estaba muy indispuesta para bajar; todos lo entendimos.
Los hermanos interrogaron a Alfred sobre la visita, pero él solo se limitó a decir que pronto lo sabríamos.
Mi teléfono sonó y, cuando vi el contacto del señor Brown en la pantalla, pensé en salir corriendo a terminar el cuadro y enviárselo. «¡Qué hombre más insistente, mi Dios!». Olga miró hacia mí con curiosidad, y me levanté para tomar la llamada antes de que empezara con comentarios.
Mi acción fue interrumpida cuando entró un hombre a la sala en compañía de la sirvienta.
Era alto, joven, con porte, pero para nada guapo.
Se presentó como el abogado de Emerson, y al parecer yo era la única que no sabía que tenía uno nuevo.
—¿Cuál es el motivo de su visita, señor James? —preguntó Ediel con tono serio.
—Hablar sobre la herencia de su padre, señor Harper —aclaró el abogado.
Él tomó asiento, al igual que Ediel. Yo me senté al lado del abogado, y Olga, con su hermano, en el asiento de enfrente; Alfred permanecía de pie con su porte de siempre.
Odette regresó con una botella de vino.
—De parte del señor Emerson, abogado —dijo Alfred a James.
—Vaya al grano, señor James —pidió Olga.
—Sé que el señor Harper discutió con ustedes… ¿Dónde está la señora Aslie?
—Enferma, y si no es doctor, no la moleste. Así que continúe —dijo Olga.
Alfred le dio paso al abogado para que continuara.
—Como decía, sé que el señor Harper…
—Discutió con nosotros… —completó Olga, irritada.
—¡Olga! Déjale hablar… —pidió Ediel.
—Tengo prisa…
—Yo también tengo una cita, y si no le dejas terminar, ambos perdemos tiempo.
Ella guardó silencio. Seguía siendo la misma chica de siempre, igual a su madre en físico y carácter, aunque no con el mismo corazón.
—Su padre les hizo saber las condiciones para obtener todas las partes de la herencia. Mi papel aquí es que se cumplan.
—No llegamos a un acuerdo con él —dijo Ediel.
—Sin embargo, señor Ediel, su padre dejó estipulado que solo si se cumplían sus condiciones tendrán la herencia. Y si él no podía hacer presencia para verificar sus condiciones, Alfred y yo debemos hacerlo.
—¿Y si no aceptamos?
—No podrán acceder a nada que tenga condiciones. Empezando porque ya no podrá trabajar en los negocios familiares, a menos que el nuevo presidente lo contacte.
—Pero el tío Ulises vive en otra ciudad y no es bueno en los negocios —dijo Olga.
—Si ustedes no aceptan, le estarán cediendo todo a él. La decisión de su padre es irrevocable, a menos que después de tres meses él decida cambiar de opinión.
—Tres meses en los que el tío ya habrá acabado con todo —aseguró Ediel.
—Entonces les tocará ver eso. Además, señor Ediel, el 40 % de su firma, que ahora pertenece a la señorita Enngel Green por los próximos meses, solo podrá ser manejada por ella o su tío. La única persona a la que ella puede cederle ese poder es a su esposo.
—¿El tío Ulises en mi firma? Eso sí que no. —Se puso de pie—. ¿Qué mierdas le pasa a Emerson?
—Aquí está todo estipulado por el señor Harper. —El abogado pasó los papeles a Ediel—. La convivencia, que es la condición para el dinero, sé que se está dando. Ahora solo les quedan cuatro días para que la señorita Olga se case o usted y la señorita Enngel retomen su contacto matrimonial.
—¿Si yo decido renunciar a todo, hay posibilidad de que él se case con otra mujer? —pregunté.
—Él solo se puede casar con usted.
Ediel y yo compartimos miradas. ¡Qué locura la de Emerson!
—Yo no sé nada sobre los negocios. ¿Si me caso, puedo hacer un poder a nombre de mi hermano para que sea él quien se encargue de todo?
—Nada de eso. Tampoco pueden vender la inmobiliaria. Para vender alguno de los hoteles, todos deben estar de acuerdo.
—Si me caso, ¿podré poner cualquier condición? —preguntó Ediel.
—Sí. Pero, ante la sociedad, deben ser un matrimonio unido, y si uno de los cónyuges denuncia la infidelidad del otro durante los seis meses, el infiel tendrá que ceder la mitad del dinero que le dejó el señor Harper.
—No lo acepto, abogado —declaré.
—Tiene cuatro días más para pensarlo. Es la única forma de salvar los negocios, o que Olga se case y se haga cargo.
—Yo haría lo mismo que suponemos del tío Ulises. Reflexiónalo, Enngel. Tú estudiaste negocios y tú, Ediel, la firma también está en juego —dijo Olga.
—¿De verdad me pides que vuelva a ser una Harper? No creo que necesites mi ayuda cuando me recuerdas a cada nada que soy una recogida. Cásate, Olga, o dale la oportunidad a tu tío.
—No me agradas, Enngel, pero esto es por todos.
—Amo a Emerson, pero es él quien ha puesto su propio negocio en la cuerda floja. —Me puse de pie y caminé para retirarme hasta que Ediel tomó mi brazo.
—Este no será un matrimonio de verdad, Enngel —dijo.
—Así empezó el otro —le recordé.
—¿Planeas volverte a enamorar?
—Eso no pasará. Pero entre menos compromiso tenga contigo, mejor. No lo haré, así tenga que renunciar a todo. No me molestaría volver a mi casa.
—¡Deberías sentirte dichosa con esta oportunidad! —exclamó Olga.
—¡Cállate, Olga! —la reprendió Ediel. Ella hizo caso de inmediato.
—¿De qué se quejan? Emerson no los está dejando en la calle. Además, me has dicho que la única forma en la que volverías conmigo es que yo te cambie y me has jurado que nunca cambiarías, incluso si te suplicaba e incluso… si te quitaba todo. ¿No se aproxima esta situación?
Los ojos de Ediel se oscurecieron; estaba enojado, lo sabía. Me solté de su agarre, aun viendo sus ojos…
—Señorita Enngel —Odette me llamó—. Ha llegado esto para usted.
Mostró un gran ramo de tulipanes lilas y rojos. ¿Para mí?