Pasó un par de días conmigo, sin salir de casa, cuidándome. Y ya que nos habíamos tocado, no podíamos evitar mantener las manos alejadas entre nosotros. Hablé a la universidad, solicitando un permiso para ausentarme, que no fue difícil conseguirlo, prácticamente había terminado el semestre y con ello los exámenes. Ya no insistió en el tema del que no quise hablar, pero sabía que estaba ideando la manera de sacármelo, no era de las personas que se quedaba con la duda. Procuraba no trabajar, pero era imposible que no recibiera llamadas de la oficina.
-¡¿Qué?! ―Lo escuché gritoneando afuera de la habitación. ―¡Marcos, eso es imposible! ¡No pueden hacer eso! ―Supe que algo no estaba bien y fui detrás de la puerta, entreabriéndola un poco para asomarme. ―¡No! Prepara todo, mañana saldremos para allá ― estaba apretando el celular con fuerza cuando terminó la llamada, realmente se encontraba enojado.
Levantó la vista y cuando me vio, su expresión se suavizó ―¡Princesa! ―Él no lo sabía, pero esa palabra me hacía sentir en un hogar. Caminó hacia la habitación de nuevo y yo abrí la puerta completamente.
Me abrazó y suspiró pesadamente. ―Retuvieron un lote de medicamentos en Ciudad Rho ― me pareció extraño, porque ya existían permisos para las importaciones y se le había pagado a la aduana. ―Seguramente quieren dinero ― sonaba lógico, Ciudad Rho destacaba por su corrupción. ―Tendré que viajar algunos días ― me informó con pesar.
-Está bien, no te preocupes ― sabía que no me permitiría ir con él aunque se lo rogara, sólo porque el destino era Ciudad Rho.
Me separó tomándome por los brazos, para verme a los ojos con severidad y preocupación. ―Por favor, sólo ve a la universidad y regresa a casa, no salgas sin Pablo ― estaba casi implorando.
-De acuerdo ― percibí que estaba tratando de cuidarme, así que lo obedecería.
A la mañana siguiente lo despedí en la puerta de la casa, estaba triste y aunque sabía que iba a volver, no podía evitarlo, ya lo extrañaba. Me besó en varias ocasiones y supe que él también se sentía igual, hasta que ya no pudimos alargar más el tiempo, se fue.
Seguí sus instrucciones, sólo asistía a la universidad y por las tardes me ocupaba ayudando a Elena, cuidaba del jardín o simplemente leía. Jonatan debía estar muy ocupado resolviendo la situación, porque sólo se comunicaba conmigo por mensajes.
No había visitado a mis padres durante varios días, por lo que una de esas tardes, Elena me informó que mi padre había llegado.
-¡Papá! ¡Qué sorpresa! ―Saludé a mi padre mientras bajaba por las escaleras y él me recibió en un cálido abrazo.
-¿Cómo estás hija? ―Me preguntó.
-Bien, papá, pero pasa, ¿quieres un café, un té? ―Le ofrecí mientras lo guiaba hasta la sala.
-¡No hija, gracias! ―Me rechazó amablemente.
-Mañana es mi graduación y me encantaría que estuvieras ahí ― aproveché para pedírselo.
-¡Por supuesto que sí! Seré el hombre más feliz y orgulloso cuando te vea cumpliendo una meta de tu vida ― sonreí, porque él nos había fomentado el valor del estudio.
-¡Gracias, papito! ―Me acerqué y besé su mejilla.
-Esto es difícil para mí, Alondra ― se puso de pie, dándome la espalda; ― pero necesito escuchar tu versión ― con sus últimas palabras entendí a lo que se refería.
-No quiero hablar de eso, padre ― se giró y se agachó para quedar a mi altura.
-¡No puedes hacerme eso, Alondra! ¡No puedes hacer que mi imaginación destruya la imagen que tengo de ti! ―Me dolieron sus palabras.
-¿Y quieres que destruya la imagen que tienes de Krestel? ―Lo vi sorprenderse. ―No papá, no lo haré ― a pesar de todo no quería perjudicarla.
-No se trata de Krestel, la conozco, se cómo es y quiero creer que te conozco a ti también. Simplemente no puedo creer lo que me dijo tu hermana y Mauricio, quiero descubrir la verdad. ― ¡Diablos! ¡Estaban tratando de envenenar a mis padres! Ellos no habían mantenido al margen a mi padre, y eso me hizo tomar la decisión de contarle lo que sucedió; no podía permitir que las intrigas formaran parte de la relación con mi padre. Tuve que rememorar ese momento, no sólo del asalto de Mauricio, sino el desprecio de Krestel y su traición.
Papá lucía anonadado, pero no perdió la compostura; me abrazó y besó mi frente para despedirse, prometiendo que nos veríamos al día siguiente.
Hacía tiempo me había ilusionado con mi graduación. Mi familia y Mauricio celebrando la culminación de mi licenciatura; papá nos había impulsado a estudiar y a trabajar arduamente; además del insulso sueño de matrimonio que tenía, por lo que compartir eso con ellos era algo con lo que había fantaseado hacía años atrás. Pero papá fue el único que me acompañó. Y estaba bien, tenía que aceptarlo, la vida daba giros inesperados, para bien o para mal, pero siempre para avanzar.
Un par de días después Jonatan finalmente llamó.
-¡Princesa, prometo compensar el no haber ido a tu graduación! ―Sonó realmente apenado.
-Está bien, no te preocupes, puedes acompañarme para recibir la documentación que lo hace realmente oficial ― traté de animarlo y de paso a mi también.
-¡De acuerdo! Llego mañana directo a la oficina, todavía tengo asuntos pendientes ― se escuchaba cansado y fastidiado; ― pero llegó para que cenemos juntos, ¿te parece? ― su propuesta la dijo un poco más entusiasmado.
-¡Por supuesto! ― Continuamos hablando un poco más de cosas sin importancia, hasta que terminamos la llamada.