La casa Deveraux en Évreux, un caserón de piedra gris con ventanas altas, estaba envuelta en la quietud del atardecer, el aire cargado de hollín y leña quemada. En el baño de la alcoba, una tina de cobre humeaba, el agua perfumada con lavanda ondeando bajo la luz de las velas. Bernadette, sumergida hasta los hombros, dejaba que Marie, la criada, enjabonara su cabello rubio platino, los dedos deslizándose con cuidado. El vapor suavizaba su rostro pálido, pero sus ojos verdes, velados por la tristeza, miraban el agua, aquellos días maravillosos terminaban y ahora… estaba de regreso a casa con una verdad que era difícil de no tener presente. Se fue siendo su esposa. Regresó siendo una mas en su casa. Marie tarareaba una melodía, ajena al nudo en el pecho de su señora, y vertió un ca

